19 de mayo de 2008

Que se vayan, que se vayan...

Resultó que somos una oposición de pacotilla, sobre todo en las alturas del occidente boliviano, donde poco pudimos hacer hasta ahora para poner coto a los atropellos antidemocráticos y antijurídicos del MAS y su gobierno, a más que apenas nos echaron un vientecillo a la cara, nos pusimos a temblar. Quien a estas alturas crea que Evo Morales puede ganar el referéndum revocatorio que el MAS y PODEMOS han concertado (nadie sabe por qué), no merece intentar conducir la oposición, porque no cree ni en sí mismo. El 54% de diciembre del 2005 es irrepetible, porque la decepción y el descontento de las clases medias en La Paz, Oruro y El Alto, la animadversión sin retorno de la “Media Luna”, el rechazo a los abusos del gobierno en Chuquisaca y Cochabamba, junto a la partición del voto en Potosí, sientan la base para asegurar una victoria del NO contra Evo Morales, que se hará sentir en el mundo entero.

Esta “base” no es casual, es más bien estructural, se trata de las clases medias, urbanas (de las ciudades grandes, medianas e intermedias), mestizas racial y culturalmente; es la reacción citadina frente a los esfuerzos de obligar al país entero a caminar un derrotero aldeano, atrasado y de un nacionalismo étnico imposible de comprender desde la ambicionada modernidad.

Puedo entender que existan tendencias que quieran cruzar, pinchar, frustrar, o como se llame al evitar la consulta directa sobre si presidentes y prefectos deben quedarse o no hasta el año 2010; existen intereses personales y de grupo que pueden explicarlo. Yo mismo creo que lo del revocatorio no servirá para mucho, ganen unos o pierdan otros, y no vería con malos ojos el superar esta inútil y costosísima etapa, para pasar a nuevas elecciones generales adelantadas de una vez por todas. Cuando la gobernabilidad está en crisis absoluta, los bolivianos hemos visto en nuestra propia experiencia, cuanto ayudan los acortamientos de mandato, como se hace en los regímenes parlamentarios, y este es un momento preciso, porque nadie le hace caso a nadie y vendría bien recuperar un Presidente con mayúsculas; y si el que venga tiene un pequeño plan, una idea chiquita (que siempre será mejor que el vacío de ahora), sería un avance, hasta podríamos intentar construir consensos alrededor de cualesquiera sean sus propuestas. Y si no, tampoco es mucho esperar al 2010, en medio de este descontrol y desconcierto, así la gente menos perspicaz se va convenciendo de la inviabilidad política y la incapacidad de gestión de los de ahora, aunque esto nos cueste a todos el viacrucis de la inflación, el desempleo, el desgobierno, junto al aislamiento y descrédito internacionales.

Conclusión: Para pasar de ser de un hazmerreir de oposición a una oposición en serio, tenemos que lograr alcanzar por lo menos acuerdos básicos de acción, que sirvan para coordinar esfuerzos las próximas semanas:

Los dirigentes de Santa Cruz de la Sierra tienen que comprometerse a hacer campaña en la Media Luna Ampliada con todo lo que tengan, para alcanzar el objetivo de consolidar un rechazo contundente al tal Evo de las alturas. Junto a los líderes de Chuquisaca, Tarija, Beni y Pando, pueden lograrlo, sin grandes o inhumanos esfuerzos. Por lo demás no tienen el problema de prefectos débiles, unos más que otros pueden pedir el SI regional para sus gestiones (los chuquis estarán con Prefecta nueva), sin que eso debilite ni confunda a los votantes del NO nacional.

En Cochabamba hay que lograr ganarle al MAS, por poco, pero ganarle. Digamos que consolidar lo que ya se sabe, que el departamento tiene las opiniones divididas por la mitad. Para Manfred Reyes Villa la cosa está color hormiga y podría sufrir una derrota, porque la votación que necesita es injustamente alta y difícil de alcanzar. La oposición debiera comprometerse con él a cooperarlo en lo que necesite y en lo que bien se pueda; por más que no guste a muchos, no está la situación para exquisiteces.

Lo de Potosí, Oruro y La Paz es otra cosa. En realidad este post estaba dedicado en principio a esos tres departamentos, donde se concentra el apoyo indígena y rural, que continua creyendo en el despertar de los amautas y el retorno “del que cambia el rumbo de la tierra”, el pachacútec, fruto de una mitificación mágico-religiosa, construida alrededor de Evo Morales y el aura simbólica que desprende su figura. Este fenómeno mitificador, de alto contenido simbólico para los habitantes, no es un asunto de indígenas, quechuas o aimaras, es un tema de explicación del mundo desde una realidad rural, premoderna y predemocrática. Puede encontrarse también en otras regiones, pero su fuerza vital está entre el “señorío” aimara, que sueña legítimamente en recuperar privilegios enterrados por el tiempo, para pasar a ser parte activa del Estado llamado boliviano, de la globalización, de la historia de los seres humanos.

Por eso el discurso del nacionalismo étnico que enarbolan para explicarse y explicar sus acciones y el resto de los acontecimientos, es neurótico en extremo, porque busca lo que teme, rechaza lo que quiere y huye de lo que más desea. No es un fenómeno único, sino un problema repetido en las sociedades que enfrentan procesos de transformaciones irreversibles, de los cuales están marginadas y sin herramientas que les permitan abrirse campo y participar. Reconocer esta realidad no es algo pecaminoso, como nos hace sentir el complejo colla de clase media citadina, pretenciosa de modernidad, que se niega a renegar de parte de su propio origen (de procedencia, del campo a la ciudad; ni cultural, ni racial, que a esos orígenes no renuncia nadie) al convertirse en ciudadano, y a la que está ligado el apoyo de los grupos urbanos de reciente formación a Evo Morales, fruto de la migración campo-ciudad de los últimos 50 años.

El apoyo de los sectores urbanos a Evo Morales y a la propuesta colectivista del Movimiento al Socialismo es artificial, fruto de la alienante fascinación producida por la fortaleza simbólica de si discurso indígena, que exalta un tipo de atávico nacionalismo por pertenencia de origen a un grupo (de allí su raíz antidemocrática) por razones culturales y de raza. Digo alienación porque no corresponde al ciudadano que ha migrado y crecido desde hace dos o tres generaciones en la ciudad, que baila cumbia o hip hop, que habla castellano y chapucea ingles, lo mismo que aimara que es su lengua de origen, que navega en el internet y conoce del mundo global y sus alrededores. Ese ser mestizo y escindido, que somos nosotros mismos, en diferentes estadios de desarrollo (de lo local a lo global, del campo a la ciudad, del avecindado al ciudadano), ha proyectado sus frustraciones y sus desarraigos en una propuesta que fortalece su identidad, aunque lo ancle a un pasado irrecuperable, motivo por el cual es difícil llegar a él sino en el terreno simbólico y ese “lugar” está ocupado, hoy por hoy, por Evo Morales.

Por eso la consigna en el occidente andino boliviano debe ser clara, no necesariamente racional, sino simbólica. No debe dejar espacio para muchas explicaciones, y menos confundir a unos y otros, razonando porqué a estos NO y a este otro SI. Debe estar empaquetada de colores y formas atractivos, manteniendo vivo su contenido democrático, participativo, incluyente, equitativo, aunque los adversarios se esfuercen en decir y demostrar lo contrario.

Salvo el Prefecto de La Paz, Don José Luis Paredes, que encabezó una brillante gestión prefectural, construida en medio y a pesar del cerco masista, y el Alcalde de Potosí, René Joaquino, que no se somete a la consulta revocatoria, todo lo demás es deleznable entre La Paz, Oruro y Potosí. Todo lo demás es parte del pasado, lo que hace valedera la consigna que ya se está difundiendo por internet: ¡QUE SE VAYAN TODOS!

Esta es una consigna fácil, atractiva y tiene una carga suficiente de verdad, como para ser asumida con fuerza y voluntad de trabajo. Que se vayan todos los responsables de este descalabro, los de un lado y los del otro; que no quede nada ni nadie, sino lo nuevo, sino el futuro.

Y se trata de construir y habilitar el futuro en el mundo colla, así como está ya abierto desde las autonomías en la parte amazónica y rioplatense de Bolivia. Los cambas y los chapacos no tiene que habilitarse al futuro, ellos han diseñado el camino y están abriendo el trayecto día a día; sin caer en el error de creer que en Santa Cruz, que comanda el proceso, Costas o Marinkovic son sino la transición al futuro, el primer momento autonómico cruceño, tamizado por el ala más dura de la derecha camba, que defiende los intereses de los gamonales del lugar; pero ese es problema de Santa Cruz y de los otros departamento autónomos, serán ellos quienes desde su propia experiencia tendrán que descubrir esta realidad y luchar por cambiarla.

Pero lo conservador está en las alturas, en lo Andes, junto y mezclado a la demanda legítima de participación de los grandes grupos indígenas no descampesinizados, que marchan y atraviesan las ciudades en grandes filas humanas, como amenazantes fantasmas en silencio; o llegan obligados por sus dirigentes locales, para hacer fiestas y bullas, cuando les dan la consigna de cercar el Tribunal o el Parlamento, mientras hacen estallar dinamita en las calles y hacen sentir su poder. Embriagante poder de turba y multitud desatado en el cabildo, en la marcha, en la asamblea, mesclado con el alcohol y la fiesta, danzando en las calles de la ciudad; o degollando perros a su alrededor, para teñir de barbarie y de miedo las amenazas que expresan. Efímero poder que desciende desde las laderas y con las laderas, hasta el centro emblemático de la ciudad que tiembla entrampada en sus callejones, en sus calles bloqueadas por las manifestaciones, en su sentirse acorralada y sin futuro. El problema está en que ese conservadurismo aldeano, empoderado sin destino, está casado, viene mezclado, es casi una sola cosa, con la esperanza de participación indígena y el deseo de incorporación a los procesos de la historia humana, lo que es en el fondo también un deseo soterrado de todos los bolivianos cuando miramos al mundo.

Volviendo a la realidad: es ahí donde no se puede confundir a la gente con detalles de que a este no, a este si, porque es t’ara o k’ara, porque viste asá o así. Tranquilos, que nos vamos todos, que hemos decidido irnos para abrir nuevos portales, dar paso a las nuevas generaciones y visiones. Esa debe ser la actitud, ese el mensaje, ese el convencimiento y también el compromiso.

No se trata de crear un vació etario, como sucedió en Ecuador con una consigna parecida hace unos diez años. No se trata como en Argentina, que tras similar pedido aparecieron Kischner y Menem para seguir haciendo un poco más de lo mismo. Se trata de abrir las puertas a un acortamiento de mandato para solucionar el desgobierno, para legitimar y recuperar un Presidente que presida la institucionalidad nacional y no como ahora, que está recluido y atrincherado entre sus más fieles, mientras el país hace lo que puede, cada quien por su lado y al albur de múltiples iniciativas. De eso se trata. Para conciliar criterios de participación indígena y de creación de las autonomías territoriales, de equidad y eficiencia, de empoderamiento popular y capacidad de gestión, de un nuevo texto constitucional, en definitiva, que se haga entre todos, con los que saben y los que pueden, para superar el bodrio escrito que nos ha presentando con muertos y abusos el gobierno del MAS.