29 de diciembre de 2009

AVATAR


Tengo que probar cómo me va de crítico de arte, ya que de otro tipo de críticas no se va a poder.

Primero el cine: Avatar logró con/moverme y después de mi experiencia altiplano-orureña (15 días) y colombiana (7 días en Villavicencio) decidí ir a conocer el SuperHiperExtraMegaMarket que capitales españoles decidieron construir en Irpavi, en el sur de  la ciudad de Nuestra Señora de La Paz, volviendo a poner el cine como una opción del ocio paceño (bien por ello). Bella hija de 16 años de por medio, haciéndome compañía y explicándo como se llega, donde se compran las entradas y papi tienes que ponerte estos lentes, que la función es 3D. Recordé hace tanto, cuando yo tenía 8 o 10 años (¡ufaa!), un experimento con lentes en algún cine de barrio, el un ojo verde y colorado el otro, que permitía como dos planos superpuestos en la pantalla, pero no era realmente 3D. Este 3D. Una inolvidable experiencia, que no se puede perder y que marcará el cine hacia adelante. ¡Fantástica!

Además es una película divertida. Pero si no fueran las tres dimensiones no valdría la pena volver a tráilers tan pegajoso y hasta cursis, como los que nos tiene aconstumbrados  el tal Cameron ese, desde cuando volcó la trágica historia del Titanic en un folletín rosa de culebrón venezolano, donde la verdadera historia queda detrás del conquistador de tercera clase, capaz de conmover a los espectadores, porque tuvo la habilidad de follarse a la chica ricachona que viajaba en primera. Un sueño que todo ser humano debe vivir alguna vez, poder desflorar a la hija del jefe.

Avatar es de la misma especie (hija del jefe incluido), pero mejor. En medio de un caldo de figuras y colores que representan bien algo de la estética futura y el ritmo, propios de los ordenadores y los videojuegos, la película muestra un raudo concepto de belleza, de lo hermoso, perdido para siempre entre nosotros (los humanos), pero inmanente al universo, donde en un satélite lejano, llamado Pandora, se hace realidad fulgurante de colores, intocado y virginal, para el deleite y vida de unos y unas jóvenes salvajes y bueno(a)s, parte aún del mundo de la naturaleza (en tanto que contrapuesto al mundo de la cultura), que se conectan a los animales, las plantas y entre ellos mismos (no se ve, pero se intuye una sexualidad de fibra óptica) —como no— a través de unas multifibras movedizas y vivas, que habitan dentro de sus largas trenzas para hacer sinapsis con el universo. Es el equilibrio perfecto, la conexión con la Madre Tierra, un tipo de éxtasis práctico, sin distanciamiento del dios… el sueño religioso de la época que viene, el individuo aislado, conectado con el universo en una experiencia directa, sin recurrir a la mística del ensueño, de la poesía, del ritual y la liturgia en los templos. Vivo en red, me conecto en red y para eso tengo mis alambres y mis antenas.

Y después está el tópico, como en "Danza con Lobos". Hay que infiltrar a uno en las filas enemigas para conocerlos, aprender de ellos y luego destruirlos, porque debajo de este paraíso se oculta un mineral preciado que el capitalismo salvaje necesita en Nueva York. Para un público enterrado en complejos y frustraciones tras las mentiras de Irak y una guerra inacabable por el petróleo en Oriente Medio, y entre el surgir de las tribus culturales que colorean y hacen risueña la globalización, para los habitantes del mundo desarrollado, el argumento vale mucho, porque enlaza con eso de “nosotros somos los malos”, que también se vende y muy bien en esta época. Siempre hay alguien que puede reivindicarnos como especie, que puede comprender que el bien está del otro lado y que puede redimirnos pasándose de bando; si el amor está de por medio, tanto mejor, sin remordimientos, porque la felicidad del estado de naturaleza lo amerita. Es la única felicidad posible.







Luego está la batalla, una apoteosis desde el aire y en la tierra, donde las flechas pueden más que las ametralladoras, los perodáctilos multicolores mucho más que los aviones, y donde los recursos fílmicos de vanguardia hacen de este enfrentamiento en la selva de Pandora, algo más atractivo que una persecusión de coches por las calles de Chicago;  a Cameron le gusta mucho la épica de los malos y los buenos, ambos con sus ejércitos, sus arcángeles armados y sus demonios (él sabe lo que gustan, lo que emocionan y cuanto sirven para romper taquilla). El final de la batalla me recordó viejas películas de hace 40 años, Tarzán de los Monos por ejemplo, cuando el llamado a la naturaleza, a los animales, a las bestias, genera una fuerza natural lo suficientemente grande como para vencer la tecnología militar, que los originarios respectivos, azules en este caso, ni imaginar siquiera pueden. Los elefantes y los rinocerontes salen a defender a los negritos acorralados por la mafia de cazadores ilegales de marfil u otras riquezas locales; eso lo he visto desde niño y no se lo cree nadie.

Al final hay un besito, como debe ser.

Pero en tres de, todo eso y más, en tres de. No se la pueden perder.