8 de junio de 2007

El Supremo


Esto de poder decidir lo que a uno le venga en gana, sin consultar siquiera con alguien que conozca algo más que uno de lo que conlleva el asunto, ha de ser el no va más entre las satisfacciones, que después puede uno ir pregonándolo por allí, entre los amigotes, para demostrar lo muy poderoso que se es y que se mueran de envidia los que antes te trataban mal o con poco tacto. Como la Reina Victoria de Inglaterra, cuando le vinieron a contar como a un Embajador suyo, de quien nadie se acuerda el nombre, un caudillo bárbaro de esos que pululan en los países del sur como si fueran tribus, lo había expulsado de la ciudad y del país, montado en un burro y montado al revés, para colmo de males, que decían algunos en la corte; y la Reina muy ufana, como quien no quiere perder de su tiempo en problemillas de allende los mares, ordenó que lo borraran del mapa, al país en cuestión, y fue así que durante años nuestra amada Bolivia no figuró en los mapas ingleses de finales del siglo XIX, como consta entre las muchas historias tejidas alrededor de Melgarejo, nuestra fiera autoritaria de ese entonces, que gozaba como la Reina de poner y borrar vidas y haciendas en los mapas.



Toda esa introducción para decir que hace una semana nuestro actual presidente tuvo una que también valdrá la pena recordarla. A pesar de levantarse tan temprano y trabajar como un buen campesino desde las cinco de la mañana, sin importarle el sueño de los otros algo más urbanizados y de jugar al futbol y firmar decretos, a más de asistir a los actos y tragarse horas cívicas donde desfilan los militares, recitan los niños y discursean los adulones, como en cualquier parte del mundo con los presidentes, el boliviano tiene tiempo para ver la tele y, hete aquí, que mirando Bolivisión, para el caso otro canal poco reputado por antigubernamental y vendido a los oligarcas de oriente y occidente, nuestro mandatario pudo constatar como en Madrid el Cónsul General dizque llegaba tarde, no tenía horario y trataba mal a los compatriotas.


  

Por lo menos eso es lo que refleja el reportaje de Bolivisión que se tomó el tiempo para enviar reporteros a Madrid y mostrar lo bueno y lo malo de la vida de los migrantes bolivianos en esa hermosa ciudad de mis amores. Yo no vi ese reportaje consular, pero pude mirar otros de sus capítulos, uno de ellos en “La Perla Boliviana”, donde se pueden degustar platos nacionales los fines de semana y que tiene capacidad de recibir y atender a 270 comensales sentados, a más de contar con salón de baile y tarima de espectáculos para que se presentan los grupos que de Bolivia viajan y que luego dicen orgullosos el haber actuado en la capital del reino en las Españas.


  

Le tocó mostrarse al Cónsul y en el consulado a todos los muchos bolivianos que se vienen quejando desde siempre por lo mal atendidos que están, no solo porque nuestra especialidad es quejarnos cuando tenemos que hacer una fila que encima es muy larga, sino porque realmente estamos mal atendidos, en ese y otros consulados y por lo tanto a voz en cuello le decimos a la señorita periodista que gracias por entrevistarnos y aprovecharé para decir que el embajador no cumple con su trabajo y que no me recibe, ni a nosotros tampoco, y que se la pasa de fiesta en fiesta comiendo caviar con los otros diplomáticos, y que el Cónsul no viene nunca, no estuvo ayer tampoco, no se olvide de denunciar señorita periodista, ahorita no está cuando somos tantos a su puerta, aunque la secretaria cuente que lo han llamado de la dirección de consulares para una reunión sobre los presos extranjeros en las cárceles, pero eso no se lo cree nadie.


  

Papita para el loro, como dice el dicho, que si uno fuera de cualquier canal y tuviera que justificar semejante viaje, monta con esas quejas el programa de Tv y muestra el maltrato, la dejadez y la maledicencia si fuera necesario, del Cónsul y del portero del consulado que tampoco tiene una cara de las buenas y que no nos dejó entrar anoche cuando le pedimos el baño a las cinco de la mañana y tuvimos que mear aquí en la calle, que mire usted señorita periodista, tenemos que llegar a esa hora a hacer cola para poder ingresar nuestro trámite hoy día mismo, que si no lo presentamos hasta el viernes en Jaén o en Cádiz, no nos van a permitir quedarnos en España.




El presidente vio el programa, de punta a punta, sin pestañear, como cada vez que siente en lo más hondo el dolor de sus compatriotas que son como verdaderos hijos para él y tomó la decisión de que había que despedir ahora mismo al inconmovible cónsul que estaba disfrutando de Madrid a su costa, porque lo había nombrado hace poquito tiempo, como que recordaba haber firmado el nombramiento de alguien que le decían que era de las filas de los compañeros; se lo trajo el Canciller aunque se oponía el Vice que sostenía que podría ser visto como nepotismo porque ya habían nombrado en Cuba a su tío, hasta que llegó una prima del futuro Cónsul en cuestión y le dijo al Vice que nones, que el verdadero nepotista era él, que tenia trabajando a su hermano dentro de su excelentísimo despacho; entonces el Vice dijo por fin que bueno, que seguramente pasaría por desapercibido y el Presidente firmó el nombramiento. Y tanto lío para esto.



 Así se hizo justicia sin opción a defensa, como se acostumbra ahora, como si Bolivisión y la señorita periodista fueran palabra autorizada, sin consultarle a nadie si era o no verdad aquello que se decía. Y le cruzaron la vida al Cónsul, que tuvo que vender su casa antes de viajar, para conseguir la platita e instalarse en esa ciudad donde su familia podría gozar de otras oportunidades. Así debe ser lo del poder: a ese me lo despiden ahoritita nomás, a ver, díganle al David que mande el memorándum por fax.



Y quien escribe no quiere defender al Cónsul, porque ni lo conoce bien, ni le consta nada de nada de lo que allí sucedía, sucede o sucederá en el futuro. Lo que el autor quiere denotar con esto es que debe ser el no va más eso de poder retirar y poner, de borrar o escribir o dictar, sin importar quien salga afectado y si se lo merece. Uno más para el inventario.