4 de julio de 2007

Autogol

 



Estos cruceños están majaretas, parecen bolivianos o debe ser que son, lo que los hace parejitos a nosotros. Igualito que la selección, ganando casi todo el partido y se dejan meter un gol.



Ya pasó en el mensaje de hace unos días, tan lleno de buenos argumentos y consignas, para colocar en medio un incomprensible llamado a las fuerzas armadas, para que cumplan su rol. Quedó como de que rol se trata, como si no lo cumplieran. Parecía un llamado a no se sabe muy bien qué. Todo intento golpista es un error, porque nos divide estando ya suficientemente divididos; la democracia es un principio irrenunciable.



Ahora es el estatuto. Moderno, bien pensado, claro al expresar sus intereses y sus aspiraciones, definitivo en su voluntad autonómica, que es el rumbo de la Bolivia del futuro que será autonómica o no será. Pero dejan caer lo de la migración interna, de a gratis, como el perfecto gafe que siempre hay que cometer, el gol que nos dejamos meter. En vez de abrir las puertas e invitar a todos los bolivianos a participar de esta propuesta de apertura al mundo y a la modernidad, sin perder raíces: Santa Cruz el crisol de la nación del mañana, debieran decir, y le ponen la barrera para que el centralismo indianista, atávico y cerrado en si mismo, se regocije repitiendo un ya lo ven, esos son, los que quieren dividir a la nación.



¿Es que dentro de lo cruceño se incuba una derecha racista que deja ver la punta del plumero con el que quieren desempolvar el país de los otros que no son ellos mismos? Hagamos un esfuerzo para diferenciar una visión regresiva y restauradora, de un cruceñismo con vocación de país, capaz de vanguardizar un proyecto para toda la nación. De eso se trata amigos orientales.



De tender un puente se trata, entre las visiones progresistas y democráticas de oriente y occidente. Existe una amplia base sociológica para articular un proyecto ciudadano abierto e integrador, está en nuestras ciudades, en las clases medias, en el mestizaje multicolor y variopinto, en la modernidad que permite la igualdad de todos, en la democracia y sus instituciones. Los vulgares nacionalismos, regionales, étnicos o culturales, poco tienen que decirnos del futuro y no podemos dejar que nos atrapen ahora entre sus tenazas.