26 de marzo de 2011

el MAR, otra vez



No quiero hablar sobre el mar. Sé que los estrategas gubernamentales han decidido cambiarnos gas(olinazo) por mar, obligándonos a discutir enajenados, lo de la soberanía y la cualidad marítima perdidas. ¡No me da la gana!

Para curarme en salud, quiero aclarar que apoyo militantemente la causa nacional (?)* del Mar Para Bolivia, tan cara a nuestros anhelos e irrenunciable a nuestra voluntad. Pero dudo de la sinceridad y la capacidad de quienes nos gobiernan para encarar el tema, conociéndolos como los conocemos ahora, incluidos los chilenos.

Dudo, porque he escuchado a Evo Morales y a García Linera denunciar a quienes utilizan esta causa en beneficio propio, cuando políticamente les va mal, y creo que su reconversión es una actitud oportunista, mezquina y falta de sinceridad, como toda forma marrullera que se acomoda donde más le conviene.

Dudo porque con igual facilidad rompieron el camino esbozado y trabajado desde la década de los 70 (propuesta Banzer-Pinochet incluida), cuando bajo la Presidencia de D. Walter Guevara logramos en la OEA un primer triunfo contundente sobre Chile, con el reconocimiento continental de la causa boliviana; un camino que fue apoyado por las fuerzas políticas sin distinciones (que pudo haberse consolidado como una marca de Estado para Bolivia), que era la multilaterización política del enclaustramiento boliviano, tratando de convertir nuestro problema en un “verdadero problema”.

Frente a ello, he visto a Evo Morales, embarcar al país en la propuesta del dialogo bilateral y aceptar la tesis y la agenda chilenas sin chistar (beso va y beso viene con la Presidente Bachelet) y ahora, al calor de la necesidad, intentar el vaivén del retorno a la multilateralidad, judicializando el problema, como si Chile fuera Leopoldo y la Corte Internacional de la Haya un fiscal cualquiera, de los que deciden a voluntad de Morales, por encima del derecho y de la jurisprudencia. Cuidado, que los chilenos tienen no solo buenos abogados y una de las mejores diplomacias del continente (mientras nosotros hemos concluido por destruir la nuestra), sino razones jurídicas de peso para defender sus argumentos.

No quiero caer en esta trampa mediocre del gobierno etnonacionalista y autoritario. Me niego a hablar del mar en esta época, y por lo tanto, mejor me callo.

¡A engañar a su abuela, carajo! * Nota sobre la nacionalidad: ¡Ahora y para esto hay una causa nacional! ¿De cuál nacionalidad estamos hablando, de entre las 36 reconocidas? ¿De los Lecos, los Ayoreos, los Tapietes, de los Urus? ¿La causa marítima de los Yaminahua? ¿O estamos hablando de la nacionalidad no reconocida, acusada de colonial y alienante? Para esto si sirve –según los masistas, la nacionalidad boliviana– la nacionalidad de los sin nación, de los otros, de los que estamos desterrados a vivir en el limbo, aquellos que el estado plurimultiple califica como los grupos mestizos que habitan las ciudades. Si entramos en este juego demostraremos con creces que somos tontos.