1 de mayo de 2011

ALEJANDRA

Puedo recordarla entre la bruma que van dejando los años; entre novela y novela. Fue Alejandra una de las primeras mujeres de las que me enamoré en mis años de adolescencia y de colegio secundario, donde sí o sí, tenía uno que leer “El Túnel”, (no existía entonces el “rincón del vago” u otros similares), del que salté sin pausa a “Sobre Héroes y Tumbas” y “Abadón, el Exterminador”. Ahí, en ese salto de muerte conocí a Alejandra.



Pocas experiencias tan fuertes en la vida han de haber como el “Informe sobre ciegos” a los 16 años, cuya lectura me llevó a cuidarme de algún ciego casual que vendiera ballenitas en las calles del centro de Buenos Aires, cada vez que he visitado esa ciudad. Ahora ya no; los cuellos de las camisas se formatean solos. ¿Qué harán los ciegos de Sábato sin ballenitas para vender? ¿Qué harán sin Sábato?

Y a los 16 años y a vuelta de página, es demasiado fuerte también el encontrarte con Alejandra Vidal, en su (?) vieja y centenaria casona en decadencia, como para poder olvidarla hasta el día mismo de la muerte de uno. Con Alejandra no me pasa lo mismo que con otras que se van perdiendo –como dije– en medio de la niebla de los recuerdos del todo tiempo pasado fue mejor, hasta que uno tiene que buscar una fotografía para recordar sus rostros verdaderos. La ventaja de Alejandra es que no tiene rostro verdadero y los rostros imaginados pueden recrearse siempre, sin importar el tiempo; hasta pueden envejecer con uno.

Que ese viejo amor sirva de homenaje a Ernesto Sábato.
Paz en su tumba.