6 de marzo de 2013

Y COLORÍN COLORADO...

Mi abuelo me llevó un día a la calle para ver pasar un ataúd. La gente lloraba parada en las aceras y al acercarse el féretro llegó al paroxismo; recuerdo una anciana corriendo entre el gentío, gesticulando a gritos como si hubiera muerto el mismísimo Jesucristo; pero no, quien cayó abrazado entre las llamas de su helicóptero un 27 de abril de 1969, era el Presidente de la República (entonces pretendía haber una República), Gral. René Barriento Ortuño, líder carismático que movía masas indígenas arengándolas en quechua, repartiendo billetes y prometiendo el oro y el moro desde un “pacto militar-campesino” que se inventaron y que funcionaba tan bien como los “movimientos sociales” de ahora. Unos lloraban y otros no; recordemos que fue en ese tiempo que mataron al "Che" Guevara, paladín de la igualdad, la liberación y el "hombre nuevo", y muchos creerían que se trataba de una muerte presidencial bien habida y celebrarían a puerta cerrada, en la privacidad de sus casas.

Ya de joven, estudiante de sociología y ciencia política en la Complutense de Madrid, supe que un lustro antes, el año 1975, la muerte del Gral. Francisco Franco convocó al luto y a la pena, cuando un 20 de noviembre parecía llorar el Reino entero y la gente colmó sus calles; pero luego me contaron a hurtadillas que todos los supermercados, los almacenes y hasta las tiendas de barrio acabaron con las existencias de champan, fueran cuales fueran los orígenes, las marcas y la calidad de esos vinos espumosos que se usan para brindar en las grandes ocasiones.

A la inversa, la muerte de otros dictadores, que fueron derrocados como en Irak o en Libia estos últimos años, convocaron a los vencedores a derrochar alegrías y a bailar la fanfarria de un asomo de libertad que no llegó aún al final de los finales, mientras en sus casas otros lamentaron y se entristecieron en silencio por la pérdida de quienes consideran verdaderos libertadores con mayúsculas.


Es la muerte de los caudillos.

Venezuela llora hoy en las calles, el luto y el dolor embargan las manifestaciones, porque ha caído una de las figuras descollantes del poder latinoamericano; ha concluido su ciclo un nuevo Perón, como fuera ese otro coloso del poder en Argentina, un gigante de los desarrapados, de los más pobres. Otros, en privado, celebran este final sin hacerlo notar, festejan la muerte del tirano, de aquel que en nombre del pueblo le puso tranca al desarrollo de la nación y la llevó a la cima de la corrupción, la inseguridad y el desastre económico en medio de tanta plata chauchitada a puro mal utilizar.

El momento final de los caudillos.


Y todos tenemos la razón.