En Bolivia, como en tantos otros países que arrastran pobreza estructural, institucionalidad débil y una inserción apenas marginal en la economía mundial, la corrupción no es un accidente ni una anomalía estadística, es una enfermedad vieja, persistente, enquistada en los huesos del Estado y en los pliegues de la cultura política. No es simplemente la caída moral de individuos aislados; es un sistema de incentivos perversos que prospera allí donde la ley es frágil, la autoridad es discrecional y la supervivencia cotidiana se aprende a resolver por atajos.
A ello se sumó algo más grave aún, la consolidación de una concepción patrimonial del Estado. El trámite mínimo, la gestión cotidiana, la decisión estratégica, todo tiene precio hasta el día de hoy. Nada es deber, nada es función pública, todo es transacción. El Estado ha dejado de ser una casa común y se ha convertido en un mercado oscuro.
Esa lógica descendió en cascada. Desde las más altas esferas hasta las ventanillas más modestas, se formaron cadenas piramidales de complicidad. Policía, sistema judicial, aduanas, impuestos, Derechos Reales, el INRA, gobiernos departamentales, municipios. La corrupción dejó de distinguir jerarquías; el soborno pequeño y el negociado grande se dieron la mano. Cada eslabón protege al otro, porque la caída de uno arrastraría a todos.
Con el tiempo, lo excepcional se volvió costumbre. Y aquí aparece una verdad incómoda que no debemos eludir; una parte significativa de la población (excluida durante siglos por élites cerradas, oligárquicas, ensimismadas) vio en el acceso al Estado una suerte de reparación histórica. La demanda de inclusión era legítima; el uso patrimonial del poder no lo era. Pero cuando el acceso al poder no viene acompañado de formación ética, cultura institucional y límites claros al abuso, la revancha social puede mutar en justificación moral del saqueo. Lo que antes era privilegio de pocos, se volvió práctica extendida. Y así se deterioró el orden público.
¿Quién tiene la culpa de que hayamos llegado hasta aquí? La respuesta no admite consignas fáciles. Hay, al menos, dos responsabilidades históricas.
La primera corresponde a las viejas clases dominantes y oligárquicas —masculinas, blancas, castellano-hablantes, envejecidas en el poder y reproducidas en círculos familiares cerrados— que desde la Revolución Liberal de fines del siglo XIX y aun después de la Revolución Nacional de 1952, administraron el Estado boliviano sin democratizar el saber, sin universalizar una ética pública compartida, sin sembrar educación y ciudadanía en los estratos pobres e indígenas. Gobernaron, sí; pero no formaron. Gestionaron el aparato estatal, pero no construyeron cultura republicana.
La segunda responsabilidad recae en la élite masista que, en nombre de los desvalidos y marginados, llegó al poder sin levantar los diques institucionales capaces de contener las aspiraciones malsanas acumuladas durante tanto tiempo. En lugar de transformar la frustración en virtud cívica y la exclusión en ciudadanía, toleraron, cuando no justificaron, prácticas de latrocinio y abuso como si fueran compensación histórica. Donde debió haber pedagogía democrática, hubo permisividad; donde debió haber ejemplo moral, se instaló la coartada ideológica. Entre la negligencia formativa de unos y la indulgencia interesada de los otros, se consolidó el terreno fértil en el que hoy prospera la corrupción.
Cuando la corrupción se instala en la cultura política, arrancarla no es tarea de un decreto ni de un cambio de autoridades. No basta con encarcelar a algunos culpables para sentar ejemplo. Se requiere transparencia radical en las finanzas públicas; digitalización y trazabilidad de cada proceso administrativo; independencia real de la justicia; meritocracia efectiva; control social informado y sostenido. Y, sobre todo, años, ¡AÑOS!, de educación cívica ciudadana. La ética pública no se decreta, se construye.
La lucha contra la corrupción no es un capítulo accesorio. Es el eje transversal de cualquier proyecto de país. Sin justicia independiente, sin reglas claras, sin funcionarios seleccionados por mérito y no por lealtad facciosa, ningún programa de reactivación económica, ninguna reforma social, ninguna política redistributiva podrá sostenerse en el tiempo. La corrupción es una enfermedad crónica que nos corroe desde dentro.
Por eso la conclusión es severa, sin una política de Estado destinada a transformar la cultura política, a desmontar la concepción patrimonial del poder y a restaurar la noción de bien general, no habrá estabilidad ni gobernabilidad duraderas. No importa si el gobierno se proclama de izquierda o de derecha; si no rompe con la lógica interna de la corrupción, la llevará consigo como una carga heredada.
De ahí se desprende una correlación decisiva, no habrá ruptura estructural con la corrupción si no se impulsa, de manera paralela y sostenida, una verdadera Política de Estado para la Escucha, el Diálogo y la Reconciliación nacional y social.
Bolivia arrastra fracturas históricas —coloniales, raciales, étnicas, regionales, ideológicas— que han sido instrumentalizadas como un método de acceso y conservación del poder; en ese clima de polarización permanente, la ética pública se diluye y el adversario deja de ser conciudadano para convertirse en un enemigo. Sin un proceso institucionalizado de reconocimiento de agravios, reparación simbólica y construcción de reglas compartidas, es imposible edificar una base de ética social que funcione como dique cultural frente al patrimonialismo y la corrupción. La reconciliación no es indulgencia ni olvido; es el restablecimiento de un marco común de respeto y legalidad que permita que la ley vuelva a ser un límite real al abuso. Solo sobre esa arquitectura de confianza —sostenida en educación cívica, justicia independiente y control social efectivo— podrá consolidarse una cultura popular y una práctica administrativa donde el poder deje de ser un botín y vuelva a ser un servicio.
Bolivia necesita algo más que alternancia. Necesita una refundación ética de su vida pública. Una reconstrucción basada en la reconciliación, la educación y la institucionalidad. De lo contrario, seguiremos girando en el mismo círculo vicioso, cambiando de discurso cada veinte o treinta años, pero conservando intacta la misma cultura del abuso.
muy buen texto, contemporáneo y justo en su dimensión. podriamos aplicarlo a la realidad brasileña y de tantos otros países, no sólo los denominados subdesarrollados. fuerte abrazo
ResponderEliminarBien, es un relato histórico de lo que arrastramos e impide hacer un sistema donde la justicia sea eje.
ResponderEliminarExcelente contextualizacion y narrativa, gracias por lo escrito
ResponderEliminarLa refundación ética no puede esperar: una réplica a Julio Aliaga
ResponderEliminarPor Roberto Alba Monterrey
El largo plazo como coartada
Julio Aliaga acierta al afirmar que la corrupción no se arranca con un decreto y que se requieren "años, ¡AÑOS!, de educación cívica ciudadana". Es cierto: la ética pública no se decreta, se construye. Pero aquí surge la primera objeción: un gobierno entrante no puede usar la necesidad de transformaciones culturales profundas como excusa para la inacción frente a lo urgente.
Cuando Julio Aliaga concentra su mirada en soluciones generacionales (educación, reconciliación cultural, transformación de la cultura política), sin advertirlo, ofrece un marco conceptual que un gobierno como el de Rodrigo Paz podría utilizar para justificar la lentitud, la gradualidad o, peor aún, la falta de decisiones drásticas. Porque si la corrupción es una enfermedad tan arraigada que sólo se cura con décadas de pedagogía cívica, entonces ¿para qué apurarse? ¿Para qué arriesgar la gobernabilidad removiendo hoy a los operadores del régimen anterior?
El artículo olvida que toda "refundación ética" debe comenzar con actos quirúrgicos e inmediatos que envíen una señal inequívoca de ruptura. La ciudadanía no necesita primero una cátedra sobre ética pública; necesita ver que los responsables del saqueo de los últimos veinte años ya no ocupan despachos oficiales. Necesita constatar que el nuevo gobierno no mantiene en sus filas a quienes formaron parte de las "redes paraestatales" que el propio Julio Aliaga describe con lucidez. La pedagogía cívica se construye con ejemplos, no con discursos.
Conclusión: diagnóstico brillante, pero incompleto
En resumen, el texto de Julio Aliaga es un excelente ensayo sobre las causas profundas de la corrupción en Bolivia. Su llamado a una política de Estado para la reconciliación y la educación cívica es valioso y necesario. Pero como guía para la acción política inmediata, resulta insuficiente y, en el contexto actual, potencialmente funcional a un statu quo que (si hemos de creer en su propio diagnóstico) debe ser desmantelado sin demora.
La verdadera "refundación ética" que Bolivia necesita no comenzará con grandes acuerdos nacionales ni con décadas de pedagogía cívica. Comenzará con un acto inicial de autoridad política: desmontar las estructuras de corrupción heredadas, removiendo a sus operadores del aparato estatal y sometiéndolos a la justicia. Sólo después de esa depuración ejemplar, que demuestre que el poder ya no es un botín, se podrá convocar creíblemente a la sociedad a un diálogo para la reconciliación y la construcción de una nueva ética pública.
El gobierno de Rodrigo Paz, según muestran los hechos (y el silencio de Alarcón al respecto es revelador), está fallando en ese primer paso fundamental. Y mientras eso ocurra, cualquier diagnóstico sobre la corrupción, por profundo que sea, corre el riesgo de convertirse en una elegante coartada para la inacción. La refundación ética no puede esperar décadas. Empieza hoy, o no empieza nunca.
Roberto Alba Monterrey es estratega político y lucha contra las tiranias.
Revolución del comportamiento en evolución social.
ResponderEliminarCorrupción y cultura política en Bolivia
ResponderEliminarLa corrupción en Bolivia suele interpretarse como un problema político contemporáneo; sin embargo, su origen es mucho más profundo: constituye una continuidad histórica y cultural. A lo largo del tiempo, la sociedad habría aprendido a relacionarse con el Estado no como un bien común, sino como un espacio de aprovechamiento personal.
Durante la colonia, los conquistadores no consideraban corruptas muchas de sus acciones, pues las entendían como derechos inherentes a su jerarquía. Esta lógica sobrevivió a la independencia y se reprodujo en la república, donde las élites mantuvieron una relación patrimonial con el poder. La repetición prolongada de estas prácticas terminó por naturalizarlas: aquello que se vuelve costumbre deja de percibirse como abuso y pasa a formar parte del orden cotidiano.
El ascenso de sectores históricamente excluidos al poder —especialmente durante el periodo del MAS— representó una oportunidad de movilidad social, pero no transformó la cultura política existente. Cambiaron los actores, no la lógica institucional, y la persistencia de prácticas corruptas generó desencanto en la población. Así, la sociedad actual vive entre la esperanza de renovación y una profunda desconfianza hacia la autoridad, producto de experiencias reiteradas.
Frente a este panorama, la solución no puede ser únicamente jurídica ni electoral. La corrupción es, ante todo, una cultura aprendida; por ello, su superación exige una transformación educativa prolongada. El respeto a la autoridad institucional, la igualdad ante la ley, la eliminación del soborno y el desarrollo de una ética del bien común deben inculcarse desde la infancia para formar ciudadanos distintos a los del pasado.
En consecuencia, el cambio real no dependerá solo de gobiernos o leyes, sino de una modificación generacional de valores. Solo cuando la sociedad interiorice que lo público no se negocia, el Estado dejará de ser botín y podrá convertirse en servicio. Entonces será posible hablar de una Bolivia más justa, confiable y reconciliada consigo misma.