ALTERNATIVAS

22 de mayo de 2026

GOBERNAR

Vivimos prendidos al incendio de cada día. Una marcha, una declaración, una escasez, una pelea, una sospecha, una nueva amenaza que ocupa la mañana y envejece antes de que caiga la noche. La coyuntura nos arrastra como un río crecido y, mientras corremos detrás de lo urgente, dejamos de mirar lo importante; ese tiempo largo donde una sociedad se construye, se reconoce, se hiere, se rompe o aprende, con dificultad y paciencia, a convivir consigo misma.


Bolivia se parece demasiado a una casa rajada. Todos vivimos dentro de ella, todos dormimos bajo el mismo techo, pero algunos creen que la grieta está solamente en el cuarto del vecino. Esa es una de nuestras tragedias nacionales, hemos aprendido a reaccionar, pero no siempre hemos aprendido a comprender. Saltamos de crisis en crisis, de gobierno en gobierno, de consigna en consigna, como si la historia empezara cada lunes y terminara cada viernes, y así no se construye una nación. Apenas se administra el susto que llevamos dentro.

Una sociedad no se sostiene solo con leyes, elecciones o discursos. Se sostiene con confianza, con instituciones que funcionen, con hábitos de cooperación, con memoria compartida y con la certeza mínima de que el otro, aunque piense distinto, aunque venga de otra región, aunque hable desde otra experiencia cultural o social, no es necesariamente nuestro enemigo. Cuando esa certeza se pierde, la política deja de ser deliberación y se convierte en sospecha organizada. Y un país no puede vivir eternamente sospechando de sí mismo.

Bolivia arrastra heridas antiguas. Heridas coloniales, sociales, raciales, regionales, étnicas y culturales. Algunas fueron nombradas; otras fueron escondidas bajo la alfombra, que es una manera muy boliviana de ordenar la casa sin limpiarla. Por eso la reconciliación no puede ser una palabra bonita para discursos de ocasión. Reconciliar no es olvidar. No es decir “ya pasó” cuando para muchos todavía duele. Reconciliar es mirar de frente los agravios, nombrarlos con honestidad, repararlos hasta donde sea posible y reconstruir condiciones para que podamos volver a cooperar. No exige que seamos iguales. Exige algo más difícil, que podamos convivir siendo distintos.

Ahí está el punto central. Bolivia no será grande porque borre sus diferencias, sino porque aprenda a vivir con ellas. Tenemos un alma múltiple, hecha de montañas y llanuras, de lenguas, memorias, resentimientos, orgullos, miedos y esperanzas que no siempre han sabido encontrarse. El altiplano mira a la llanura con sospecha; la llanura mira al altiplano con resentimiento; el centro burocrático mira a las periferias como problema; las periferias miran al centro como abuso. ¿Puede caminar así un país, con una pierna desconfiando de la otra?

La escucha y el diálogo no son adornos de buena educación. Son instrumentos políticos. Sirven para construir un relato común sobre lo que fuimos, sobre lo que nos dolió, sobre aquello que debemos reparar y sobre el futuro que queremos compartir. Sin relato común, cada quien termina viviendo en su propia versión de la historia, y cuando eso ocurre, la patria deja de ser comunidad y se convierte en archipiélago de rencores.

Pero la reconciliación no puede quedarse en emoción. Debe convertirse en institución. Y aquí hay que distinguir dos tareas distintas, aunque profundamente complementarias. Una cosa es sanar el pasado; otra, construir el futuro. Para lo primero hace falta una Delegación de Estado para la Reconciliación, con autoridad política, capacidad de escucha y mandato claro para reconocer heridas, promover diálogo, reparar confianzas y reconstruir vínculos sociales. Para lo segundo hace falta un Consejo de Estado, como el que ha propuesto Rodrigo Paz Pereira en su esfuerzo por detenr las protestas y bloqueoas, donde la corresponsabilidad sea el principio ordenador de una nueva forma de gobernar, un espacio plural, permanente y serio, en el que Gobierno, regiones, sectores productivos, trabajadores, universidades, organizaciones sociales y ciudadanía puedan deliberar, acordar y asumir juntos las grandes tareas nacionales.

La reconciliación mira las heridas que debemos sanar. La corresponsabilidad mira el país que debemos construir. Una trabaja sobre la memoria; la otra, sobre el porvenir. Confundirlas sería un error. Separarlas del todo, también. Porque no habrá futuro compartido si seguimos usando el pasado como garrote, pero tampoco habrá reconciliación verdadera si no somos capaces de ofrecer a la sociedad un horizonte común hacia donde caminar.

Corresponsabilidad quiere decir responsabilidad compartida. Significa que el Estado no puede lavarse las manos, pero la sociedad tampoco puede limitarse a reclamar sin asumir deberes. El Gobierno debe gobernar, pero la ciudadanía debe participar. Los empresarios deben invertir, pero también respetar reglas. Los trabajadores deben defender sus derechos, pero también cuidar la productividad. Las regiones deben exigir autonomía, pero también garantizar una gestión responsable. Las organizaciones sociales deben ser escuchadas, pero también rendir cuentas ante la sociedad. La corresponsabilidad no diluye responsabilidades; las ordena.

Y todo esto debe aterrizar en una visión de país. No basta curar heridas si seguimos produciendo desigualdad, informalidad, abuso, centralismo y desconfianza. Bolivia necesita libertades económicas para producir riqueza, emprender, comerciar, invertir y generar empleo; pero esas libertades deben moverse dentro de una regulación justa, clara y predecible. Mercado sin reglas se vuelve privilegio. Estado sin eficiencia se vuelve tranca. Justicia social sin producción se vuelve discurso. Producción sin inclusión se vuelve resentimiento.

La visión democrática que necesitamos debe combinar mercado dinámico, Estado capaz, regulación firme, reducción de desigualdades, protección social inteligente y autonomías efectivas. No autonomías de papel, sino gobiernos territoriales con recursos, competencias, planificación, transparencia y responsabilidad. No un Estado que quiera hacerlo todo, sino uno que haga bien lo que debe hacer, garantizar reglas, proteger derechos, prestar servicios, corregir abusos y abrir oportunidades.

La democracia se consolida con estabilidad, empleo digno, servicios que funcionen, instituciones creíbles, participación ciudadana y un pacto social que pueda verificarse en la vida cotidiana de la gente. Reconciliarnos no es volver al pasado. Es dejar de usarlo como arma. Es convertir la memoria en aprendizaje y la diversidad en fuerza. Es pasar del país que se bloquea a sí mismo al país que conversa, acuerda y cumple.

La pregunta, entonces, es simple y difícil, ¿queremos seguir administrando grietas o queremos construir una casa común? Porque Bolivia no se va a reconciliar sola, ni por decreto, ni por cansancio, ni por milagro. Tendremos que hacerlo nosotros, con palabra pública, con instituciones, con memoria, con responsabilidad y con la humilde grandeza de aceptar que nadie salva un país por su cuenta. Ni el Estado sin la sociedad. Ni la sociedad contra el Estado. Ni una región contra otra. Ni unos bolivianos contra otros.

La reconciliación empieza cuando nos atrevemos a escuchar. La corresponsabilidad empieza cuando dejamos de esperar que otros hagan la parte que también nos toca.

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