1 de mayo de 2007

Liberarse


La decisión de abandonar el sistema internacional de arbitraje no le otorga a Bolivia ninguna ventaja, no nos libra de una demanda judicial internacional, ni nos permite desacatar las normas que rigen el comercio y las inversiones en el mundo. Forma parte de un caprichoso pataleo adolescente, carente de otros recursos y es la manifestación de una tendencia muy originaria de estas alturas y que ha sido recurso de sobrevivencia cultural a años y años de marginación e inadaptabilidad: la autoexclusión.


 Hace unos días, en ocasión de la inauguración de las nuevas oficinas de la Fundación Boliviana para de Democracia Multipartidaria y luego del discurso de rigor de Su Excelencia el Vice Álvaro García, hablaban delante mío dos indios urbanos bolivianos un lenguaje estremecedor, por lo menos uno de ellos, mientras yo esperaba poder conversar un momento con el otro. Le decía el primero al H. Alcalde de Potosí y se quejaba de la marginalidad y el desprecio con el que lo habían tratado siempre, sin ver en el otro, exitoso al fin, vestido con sabiduría y elegancia, un verdadero otro que lo reivindicaba, que había roto para siempre con la marginalidad y que puede sentarse a comer y conversar, de tu a tu, con cualquier humano que puebla la tierra sin haber sido victima de tantos años de segregación. Dos realidades de la Bolivia originaria, la del pasado conservador y la del futuro, abierto al mundo y proclive al verdadero cambio.


El abandono del CIADI, que es una acción legítima que puede tomar cualquier gobierno, para bien o para mal del país al que representa, es sobre todo la expresión de la cultura de la marginalidad de los desarrapados de la tierra, que poco tienen para decir y negociar en un terreno que no les es cómodo.


Existen momentos en que los gobiernos de los países pobres están en manos de gente “al servicio” de los poderosos, que van a los organismos a cenar, a codearse con quienes quisieran como iguales y a negociar detalles poco relevantes que imponen los poderosos desde fuera. Hay otros momentos, de altísima legitimidad de gobiernos con verdadero poder y representación de los intereses populares, donde bien podría darse uno el lujo de golpear la mesa, si no intermediaran mecanismos culturales de automarginación. Yo me voy para afuera, a moverme en el patio que antecede la cena donde están mis iguales y donde me siento mejor.


Vaya lío. Así comienza una cadena de autoexclusión, que bien puede terminar en el aislamiento, lo que permite además seguir con el discurso de la culpa externa. Todos los otros son malos, no nos quieren, nos desprecian, nos excluyen, conspiran contra nosotros.


Esto de liberarse es una tarea de nunca acabar.