21 de junio de 2010

5.518

Cuando en 1992 se decidió conmemorar el 500 aniversario del encontrón entre las culturas europeas y las culturas asiáticas llegadas a América, para recordar el inicio de un proceso de transculturación que dejó como resultado “lo americano”, a algún memorable hacedor de cuentos se le ocurrió decir que no había mucho que celebrar, porque nadie descubrió nada, en un mundo donde hace 5.000 años (sic) que se desarrollaba una milenaria civilización, que primero fue bautizada andina por los de acá y finalmente quedó de aymara. Así la frase, algunos la tomaron por cierta, aunque era pura frase nomás.


De allí viene esta suma de 5000 años de existencia, más 500 años desde el mal llamado descubrimiento y, de año en año, los 18 de van desde que se les ocurrió el invento. Total 5.518 años. Si el afortunado(a) hubiera dicho diez mil años en vez de cinco mil, estaríamos celebrando el advenimiento del año 10.518, o si solo mil, este sería el año 1.518 y así sucesivamente. Está claro que si de aymara se trata es imposible haber superado los 1.500 años, porque ese pueblo y su cultura son posteriores al año uno de la era cristiana; de ello no hay duda alguna.





El solsticio de invierno es una buena referencia para comenzar un ciclo, el de las siembras, y ha sido una fecha destacada por las culturas agrarias, desde Mesopotamia o Egipto, hasta el África o Asia o Europa, sin excepciones, porque empieza allí el tiempo de la siembra y se rinde culto al sol. En el norte del mundo se hace en diciembre, en el sur en junio. Faltaría más que los pueblos andinos, desde los más avanzados hasta los menos desarrollados, no hicieran lo mismo y en la misma época. Por lo tanto, el ciclo solar del 21 de junio es universal y ninguna o todas las culturas agrarias pueden reivindicarlo. Actualmente se recuerdan estas fiestas en representaciones folclóricas, que adornan el mundo global y la posmodernidad.


Y lo demás es cuento. Está bien para atraer turistas y vender eso del primer rayo de sol por la puerta, aunque sabemos que cuando se descubrió la puerta, estaba tirada en el suelo y nadie sabe cual era su ubicación original. Hay personas que exportan hacia Europa flamantes chamanes o callahuayas recién investidos, que venden raíces de maca, destacando sus virtudes ancestrales, como un viagra de la antigüedad americana,  enlazado a un ritual de colores y bailes, mejor aún, hasta más caro y mejor se vende. Lo de Tiwanaku es similar, habría que poner un parque de atracciones, con buenas montañas rusas y coches chocadores y alguna casa del terror, para tener un “Parque Temático” moderno, así sea donde el diablo perdió el pocho, y repetir el ritual del amanecer los fines de semana, para lo gringos que llegan; poner un doble de Evo recibiendo la flamígera iluminación del sol, con un par de cóndores amaestrados que vuelen en círculos y desciendan a posarse en el momento de su exaltación. Se vendería como pop-corn, a raudales.



Pero de allí a creernos el cuento y hacer de esto una celebración identitaria, en la que el Estado nacional de la no-república se comprometa, vinculado a un culto mágico-religioso como prohibe expresamente hasta la nueva Constitución laica, a la que obliguemos a cambas, collas y chapacos, solo se les puede ocurrir a personas del más hondo y ancestral infradesarrollo cultural. Por el momento pongámosle buen humor y suframos estas ocurrencias. Vendamos pasajes –¡eso si!–, y habilitemos hoteles, espacios rituales, buenos restaurantes, que para atraer turistas esto puede dar, casi como una mina de oro. ¿Habrá que mantener los sacrificios de animales, como fue siempre, que nos puede traer problemas si se continúa, o pérdidas si no se hace? Es una buena pregunta para la mercadotecnia. En otros lugares han solucionado esos problemas teatralizando la muerte y desparramando kétchup para simular la sangre. Personalmente no condigo con el sacrificio de animales, pero hay otras opiniones, como en Achacachi y los perros; intercultural es este asunto.