28 de septiembre de 2012

COMO SIEMPRE

Octubre de 2003, cuando se vino abajo el sistema de partidos de la “primavera democrática boliviana”.


Luego de ese episodio, tan popular y revolucionario, volvimos la Bolivia tradicional, donde grupos informales u organizados con fines corporativos, intentan suplir el rol de los partidos políticos; esto se legitimiza desde la cultura del subdesarrollo y la marginalidad, que nunca logró concebir y menos consolidar en nuestro país una democracia de partidos políticos, pero además se fortalece ahora gracias al discurso de lo posmoderno, que no llega poniendo en cuestión la funcionalidad de las instituciones políticas de la modernidad, siempre inacabadas en nuestro país, y que corresponden al concepto de Estado-Nación, hoy en crisis en el mundo entero.


Resultó que los partidos políticos y la política entre partidos no era “lo tradicional” en Bolivia, sino lo más novedoso, que duró apenas un par de décadas, para dejarnos la sensación de que casi pudimos hacerlo; esa sensación tan boliviana de que jugamos bien, pero terminamos perdiendo, como siempre. Lo tradicional, lo de siempre, resultó ser lo que vivimos hoy, como antes, la falta de constitucionalidad el irrespeto a las leyes, el desacato permanente, ante liderazgos incapaces de legitimarse a través del buen gobierno, del respeto a la voluntad ciudadana y popular, incapaces de contener y convivir democráticamente.


Los partidos políticos de verdad quedan para el recuerdo de un grupo nostálgico de quienes fuimos paladines de la democracia y que creamos instituciones creibles con capacidad para intermediar entre la sociedad y el Estado, resolviendo los conflictos en el marco de leyes y normas que empezábamos no solo a vislumbrar y construir, sino a creer en ellas y a respetarlas, cumpliendo los compromisos sociales, grupales e individuales que las democracias demandan de sus ciudadanos para funcionar.


¿Por qué se fue todo al diablo? Porque los actores de la primavera democrática construimos una institucionalidad “para nosotros” y al margen del gran país, la Bolivia Profunda, predemocrática y premoderna, incapaz de realizar el salto que se le estaba proponiendo; es decir, el país denostó la propuesta y no pudo tomar la transición dictadura-democracia como una “ventana de oportunidad” y transitar por ella. En su búsqueda legítima por la igualdad, la no discriminación, la equidad económica y la inclusión, que el sistema le negaba, encontró el sindicalismo minero y agrario, con su vocación corporativa de participación, fortalecida en sus expresiones informales e informalizadoras, como un espejo de la sociedad que los contenía. Ahí ancló el pueblo su voluntad y su destino políticos, construyó el MAS e inició esta aventura depredadora.


En medio está Colquiri, sin solución posible, porque no hay partidos, ni propuestas, ni proyectos de Estado, ni nada de nada, que pueda anteponer referencia y proponer un orden de solución institucional. Un diputado del MAS propone un referéndum que solucione el entuerto, como si no existiera un gobierno electo para hacerlo, de acuerdo a un sentido por el que votó la mayoría de los bolivianos. Solo hay la vocación depredadora de llevarse cada quien el mejor pedazo de la torta, que por el buen momento económico nos parece grande, aunque no lo es. La lucha está en las calles, las carreteras y los campamentos, como siempre fue.