ALTERNATIVAS

6 de junio de 2013

VAYA COINCIDENCIAS

Evo Morales acaba de argumentar doctamente que Bolivia haya recurrido a La Haya. Dijo que en 1889 no hubo una guerra, sino una invasión chilena; que el tratado de 1904 fue impuesto con presiones, amenazas y chantajes por los invasores, y tercero, que ese tratado no se consumó realmente, es decir, que la parte que lo impuso –Chile– no cumplió nunca con él.

Mi primera reacción fue pensar en quién estará asesorando a Evo Morales y contándole estas historias, porque no está mal la argumentación, para una persona tan poco instruida, que difícilmente habrá investigado los acontecimientos para interpretarlos. Quise imaginar en qué libros habría leído todo eso nuestro Presidente, cuando me acordé que él mismo ha dicho que no lee libros y que su ufana de no haber asistido nunca a una universidad. Entonces imaginé que esto tenía que ser fruto de la vida misma: “No hay mejor escuela que la vida”, como se suele decir.

Y decidí por una rápida ojeada a la vida misma del Caudillo aymara y… ¡Eureka! Lo encontré.



Él mismo, cuando se trató de tomar el poder en Bolivia, poco democrático y revolucionario como es, no dudó en sublevar a la población contra el Presidente legítimo de ese entonces hasta obligarlo a renunciar y a huir del país. Y siguió bloqueando y sublevando la institucionalidad invadida, obligando a otras renuncias, hasta que pudo ganar contundentemente unas elecciones. Su presidencia no fue fruto de un trabajo democrático y respetuoso de las reglas, sino de levantamientos, bloqueos y asonadas; nada se ha visto más parecido a una invasión al poder.

Y ya instalado siguió bloqueando, chantajeando, amenazando y obligando a quienes correspondiera, para lograr una nueva Constitución política. Impuso textos elaborados por extranjeros tan revolucionarios como él, que copiaron constituciones igualmente revolucionarias escritas para otros países, principalmente Ecuador y Venezuela. Repelió las protestas populares contra esos abusos obligando a sesiones que concluyeron aprobando un primer texto en un cuartel (La Glorieta) protegido por los militares, disparando contrab el pueblo, en vez que en el teatro de las sesiones constituyentes en Sucre o en La Casa de La Libertad, que hubiera sido un lujo; luego obligó a los legisladores a trasladarse a Oruro donde tenía un escenario más propicio para cercar a los asambleístas y obligarlos a aprobar la mentada Constitución, que reformó él mismo bajo un acuerdo espurio con los parlamentarios de ese entonces, en sesiones oscuras y ocultas en las oficinas de la Lotería Nacional en La Paz.

Y luego el cerco al Parlamento, para que sí o sí, aprobara ese mamarracho, que dejó de serlo, cuando el pueblo boliviano le dio un contundente SI en un apresurado referéndum. Aclaro que a partir de ese momento yo dejé de llamarlo mamarracho y pasé a respetarlo como la máxima ley que rige nuestros destinos plurinacionales.

Finalmente resultó que ni el propio Evo Morales Presidente cumple lo que obligó a aprobar a sangre y fuego. Lo ha demostrado muchas veces, pero la más emblemática de todas es la decisión anticonstitucional de presentar su candidatura por tercera vez, incumpliendo sus compromisos personales y lo que dice la propia Constitución. Ha involucrado en este incumplimiento al Ejecutivo, al Legislativo, al propio ilegítimo Tribunal Constitucional (porque sus componentes fueron instalados habiendo recibido menos del 10% de los votos del electorado que los rechazó). Es decir, un incumplimiento con todas las intenciones y en todas las dimensiones.



"La escuela de la vida" –pienso yo–.

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