13 de septiembre de 2013

HUELGAS CONTRACENSALES

El paro que paralizó la ciudad de La Paz, protestando contra los resultados del Censo trucho 2012, y la huelga de hambre que iniciará Santa Cruz de la Sierra en unos días más, por el mismo motivo, no son solo una denuncia contra lo pésimamente organizado y administrado que estuvo tan importante medición estadística (la más cara de entre todos los censos realizados en la historia boliviana) y el nivel de incapacidad que tiene el actual gobierno nacional para comprender y decidir sobre el futuro de nuestra compleja realidad sociodemográfica. Lo que muestra también esta insatisfacción generalizada es el fracaso de las políticas de distribución del ingreso nacional vía el IDH, que se ha develado, ahora si, como lo dijimos desde un inicio: insostenible.


A nadie se le ocurre pensar que una protesta como la que se ha iniciado el pasado miércoles 12 de septiembre, va a variar los resultados del Censo, ya que como en pocos casos frente a las protestas, estos no son negociables. Lo negociable son los ingresos que recibirán los municipio, las gobernaciones y las universidades, porque si se implanta una política o se realizan cambios en la estructura financiera de los estados, serán para crecer, en épocas de bonanza como la actual, y no para achicarse y volverse cada día más pobres, como parece ser el caso.


Como el gobierno masista ha organizado las cosas, todo depende del precio del gas y otras materias primas. Da angustia pensar que de estancarse los precios o, peor aún, de disminuir en el próximo futuro, la variable de ajuste sean los ingresos subnacionales o institucionales, sin que el gobierno central sacrifique nada a su costa, cuando debiera ser al revés.


El centralismo autoritario, que solo confía en sí mismo, y no delega la responsabilidad en los gobiernos departamentales o municipales, está poniendo en entredicho el desarrollo nacional y el bienestar de la población. Han transcurrido ocho años desde que se inició el “proceso de cambio” y no hay ninguna base certera de industrialización o fortalecimiento de los sectores productivos que cambien el destino aciago de nuestro país, o su cultura rentista, patrimonial y clientelista.


La construcción de una alternativa pasa por ahí. Por la ruptura definitiva del centralismo y la apertura de las puertas, así caigan los muros, que otorgue no solo el dinero que debe repartirse entre la población, sino la confianza en que los sujetos departamentales y locales tengan la capacidad de invertir y recrear la producción desde la base social, premiando a la ciudadanía industriosa, en desmedro de los sectores menos productivos y comprometidos con el desarrollo nacional, como hasta ahora.