ALTERNATIVAS

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10 de febrero de 2026

CAPITALISMO PARA TODOS

En tiempos de crisis, los eslóganes florecen. Algunos consuelan, otros engañan. “𝐶𝑎𝑝𝑖𝑡𝑎𝑙𝑖𝑠𝑚𝑜 𝑝𝑎𝑟𝑎 𝑇𝑜𝑑𝑜𝑠” pertenece, lamentablemente, a la segunda categoría. No porque el mercado no sea necesario, que lo es, sino porque la consigna evita deliberadamente las preguntas centrales de este momento: ¿cómo se genera la riqueza?, ¿cómo se distribuye y bajo qué reglas se gobierna esa distribución?

Desde una mirada mínimamente informada (y aquí Marx sigue siendo un punto de partida útil, incluso para quienes no se consideran marxistas) el capitalismo no es una promesa de prosperidad universal, sino un modo de producción estructuralmente desigual, basado en la apropiación privada del excedente generado por el trabajo. No se trata de una desviación ocasional ni de una falla moral, es su lógica interna. Por eso, la tendencia histórica a la concentración de la riqueza no es un accidente, sino una regularidad empíricamente comprobada.

Hablar entonces de “𝐶𝑎𝑝𝑖𝑡𝑎𝑙𝑖𝑠𝑚𝑜 𝑝𝑎𝑟𝑎 𝑇𝑜𝑑𝑜𝑠” equivale a ofrecer un sistema competitivo sin perdedores, algo tan plausible como una carrera en la que todos llegan primeros.

En Bolivia esta consigna encuentra eco. ¿Por qué? No por su solidez teórica, sino por el desastre moral, institucional y económico dejado por dos décadas de estatismo mafioso, encarnado por el Movimiento al Socialismo. El colapso fiscal, la escasez de divisas, la corrupción estructural y la captura del Estado por redes clientelares y criminales no solo han demolido la economía, han erosionado profundamente la credibilidad de las narrativas de izquierda.

Conviene reconocer (sin ingenuidad, pero también sin purismo) que en labios del presidente Rodrigo Paz Pereira la consigna “𝐶𝑎𝑝𝑖𝑡𝑎𝑙𝑖𝑠𝑚𝑜 𝑝𝑎𝑟𝑎 𝑇𝑜𝑑𝑜𝑠” cumple una función política concreta y no menor. En un país saturado por veinte años de retórica estatista, nacionalizadora y supuestamente redentora, el eslogan opera como gesto de ruptura simbólica frente al imaginario que dejaron los gobiernos de Evo Morales Ayma y Luis Arce Catacora. No es una formulación teórica rigurosa, ni pretende serlo, es un marcador discursivo, una señal destinada a desmarcar al nuevo gobierno del estatismo clientelar, del Estado corporativo y mafioso, y de la captura del excedente por una burocracia partidaria. En ese sentido, su eficacia no reside en su verdad conceptual, sino en su capacidad para reordenar el campo político, correr el eje del debate y habilitar una conversación distinta, allí donde durante años solo hubo consignas únicas, dogmas incuestionables y una economía subordinada a la lógica del poder.

En esa situación, cualquier discurso que suene a “mercado”, “empresa” o “inversión” aparece como salvación. Pero confundir el rechazo al estatismo corrupto con una adhesión acrítica al capitalismo es un error que Bolivia ya ha cometido otras veces, con resultados conocidos. El Péndulo Catastrófico (estatismo ineficiente primero, privatización empobrecedora después) no nos ha llevado al desarrollo, sino al agotamiento. Cada giro promete una refundación; cada fracaso nos devuelve al punto de partida.

Aquí es donde nuestra Visión de País introduce una diferencia sustantiva. No propone ni estatismo redentor ni capitalismo ingenuo, sino algo mucho más difícil y, por lo mismo, más serio, un acuerdo democrático de larga duración entre Estado, mercado y sociedad, capaz de frenar ese vaivén histórico que nos obliga a “empezar de nuevo” cada veinte años.

El mercado es condición necesaria para generar riqueza, sin mercado solo hay pobreza para repartir. Pero esa afirmación no deriva en la idolatría del capital, deriva en una propuesta de Economía Social de Mercado, con reglas claras, Estado regulador, seguridad jurídica y propiedad privada, combinadas con políticas públicas orientadas a educación, salud, empleo digno y reducción efectiva de desigualdades.

La clave está en el excedente. El problema boliviano no ha sido solo cómo se produce la riqueza, sino quién captura el excedente y para qué. Bajo el MAS, ese excedente fue apropiado por una burocracia partidaria y criminal; ahora, bajo un capitalismo desregulado que exalta el reino del mercado, el riesgo es que sea capturado por élites económicas desconectadas del país profundo. En ambos casos, la mayoría queda fuera.

Por eso yo insisto en algo incómodo para los dogmáticos, la primacía del trabajo sobre el capital, la formalización del empleo, el apoyo decidido a las pequeñas y medianas empresas, la inserción en la economía del conocimiento y un nuevo pacto fiscal que redistribuya capacidades reales entre los distintos niveles del Estado. No se trata de capitalismo para todos, sino de desarrollo para todos, que es algo muy distinto.

Hay, además, un punto decisivo que los eslóganes suelen ignorar, el factor institucional y cultural. No hay mercado que funcione sin justicia independiente, sin Estado de derecho, sin control social efectivo y sin ciudadanía activa. Bolivia no necesita más consignas; necesita instituciones que funcionen y reglas que se respeten, empezando por una reforma judicial profunda, verificable y sostenida en el tiempo.

Finalmente, está la dimensión que rara vez aparece en el debate económico, pero que aquí resulta central, la reconciliación nacional y social. Un país fracturado, polarizado y resentido no es terreno fértil ni para el mercado ni para la democracia. Sin confianza no hay inversión; sin diálogo no hay proyecto común; sin justicia no hay estabilidad. La reconciliación no es un gesto moral, es una condición material del desarrollo.

En suma, “𝐶𝑎𝑝𝑖𝑡𝑎𝑙𝑖𝑠𝑚𝑜 𝑝𝑎𝑟𝑎 𝑇𝑜𝑑𝑜𝑠” es una frase fácil para tiempos difíciles. Bolivia necesita algo más exigente, una visión de país que combine mercado con justicia social, Estado con límites, crecimiento con ciudadanía y desarrollo con dignidad. Todo lo demás es publicidad política. Y ya sabemos, por experiencia propia, lo caro que sale gobernar a punta de puro eslóganes.

15 de diciembre de 2024

OTRO RÉCORD EN EL MUNDO

Donald Trump ha batido otro récord más: instalar en la Casa Blanca un gobierno dominado por los milmillonarios del mundo, por primera vez en lo que va de un siglo (antes de la crisis del 29 en el siglo XX ocurrió algo parecido con los llamados “robber barons”). Al despedirse, el Presidente Biden ha advertido sobre la formación de una oligarquía de milmillonarios que amenazan la democracia en Estados Unidos de Norteamérica y en el mundo.

El gobierno de milmillonarios que se instalará en Washington a partir de enero de 2025 es una manifestación límite de lo que los marxistas clásicos explican como el "Contenido de Clase del Estado", concepto que quiero desenterrar porque describe cómo los aparatos estatales reflejan los intereses de las clases dominantes en cualquier parte del mundo, sea en Estados Unidos con los hiperricos de ahora, en la China con los dirigentes del partido llamado comunista (y sus socios) en ese proceso extremo de Capitalismo de Estado, o en Venezuela, con la mafia corporativa del petróleo y el narcotráfico. Bajo este principio, el Estado no actúa como un ente neutral, sino como una herramienta al servicio de determinados grupos, asegurando la reproducción de sus privilegios y consolidando su poder.

La "batalla cultural" promovida por la derecha populista (con el franco y directo apoyo de los neofascismos contemporáneos) es una estrategia de alienación ideológica que desvía el conflicto social de la desigualdad hacia temas culturales, identitarios y emocionales. En lugar de cuestionar las estructuras inequitativas del poder, se utilizan discursos nacionalistas, religiosos y de valores tradicionales para movilizar a las clases populares, haciéndoles creer que sus intereses están representados por figuras como Trump o Milei. Estos líderes se presentan como el "anti-establishment" o el enemigo de la "casta política", mientras implementan políticas que favorecen a oligarquías económicas, como la desregulación, la privatización indiscriminada y la reducción de impuestos a los más ricos.

El discurso antielitista y la exaltación de conceptos como la "libertad" y la "meritocracia" son utilizados para justificar medidas que perjudican a los sectores populares, mientras se fragmenta la solidaridad entre las y los trabajadores con narrativas basadas en identidades culturales o ideológicas. Esto desmoviliza las luchas por la justicia económica y normaliza la desigualdad como algo inevitable. En última instancia, la "batalla cultural" consolida un modelo excluyente bajo la apariencia de una cruzada por los valores y la tradición, logrando que los sectores más vulnerables defiendan los intereses de quienes los perpetúan.

Los Estados gobernados por partidos de ideología socialdemócrata son menos proclives a expresar exclusivamente los intereses de una clase social rica, porque su enfoque se basa en la búsqueda del equilibrio entre el mercado y la justicia social, promoviendo la redistribución de la riqueza y garantizando derechos universales como la educación, la salud y la seguridad social. Los Estados de Bienestar europeos son buenos ejemplos, han logrado implementar sistemas fiscales progresivos y políticas inclusivas que disminuyen las desigualdades, aseguran la movilidad social y fortalecen el tejido social. Estas políticas no benefician únicamente a una élite económica, sino que ayudan al bienestar colectivo, asegurando que los derechos y recursos estén al alcance de las personas, independientemente de su origen o condición económica.

Al contrario, el gabinete de Trump, compuesto por milmillonarios y magnates, de los más importantes del mundo, representa un claro ejemplo de cómo las élites económicas globales capturan el poder político de manera directa, sin intermediarios. Nombres como Elon Musk, Vivek Ramaswamy y Linda McMahon, entre otros, no solo concentran enormes fortunas, sino que también encarnan sectores estratégicos como la tecnología, la biotecnología, la banca, y la energía. Esta concentración de riqueza y poder en manos del gobierno norteamericano implica que las decisiones políticas estarán orientadas a perpetuar el sistema que beneficia a los más ricos, alejados de los intereses de las mayorías trabajadoras y los sectores más vulnerables, a los que nos llegarán las migajas, como fruto del discurso alienante de "la batalla cultural", en nombre de un capitalismo que crece y crece justificando esa angurria depredadora.

En el caso de Donald Trump y su próximo gobierno es de esperar una continuación de políticas como las de su primera administración, caracterizadas por recortes impositivos que favorecen a las corporaciones y a los más ricos, mientras se desmantelan regulaciones ambientales y laborales que protegen a pequeños emprendedores, las clases medias y las y los trabajadores. La privatización de servicios públicos, la flexibilización en la explotación de recursos naturales y el favorecimiento de corporaciones multinacionales consolidarán esa acumulación, transfiriendo la riqueza de los sectores populares a las élites económicas.

El aparato estatal no solo se usa para imponer políticas económicas favorables a esas élites, sino también para construir una narrativa que legitima su dominio; a través de figuras carismáticas como Trump, que presenta su riqueza y la de su equipo como garantía de una gestión honesta y exitosa, y difunden ideas que justifican la subordinación de continentes enteros y distraen la atención de las desigualdades estructurales. Además, y como ya sabemos, la narrativa de eficiencia gubernamental y recorte de gastos apunta a una reducción de los servicios sociales esenciales, afectando directamente a los más pobres y desamparados.

El carácter imperialista del Estado estadounidense (no es el único, el estado Chino camina en esa misma dirección, y los rusos detrás, aunque algo lejos), bajo el control de una administración de milmillonarios, amplificará las desigualdades a nivel mundial. La plutodiplomacia promovida por Trump priorizará, seguro, los intereses de las corporaciones y los sectores financieros, perpetuando una economía global basada en la explotación de los recursos y la fuerza laboral de los pueblos y países del Sur.

Desde esa perspectiva, el gobierno de milmillonarios no es una aberración, sino una expresión del papel del Estado bajo las élites del capitalismo avanzado. Está diseñado para consolidar el poder y los privilegios de las élites económicas globales. El gobierno de Trump no puede ser, por tanto, un instrumento para el bienestar de la humanidad, sino una maquinaria al servicio de los más ricos, en desmedro de una gran mayoría humana, compuesta de clases medias empobrecidas, trabajadores con minúsculos salarios y enorme cantidad de desamparados, en los que nadie piensa, peor aún, en tiempos de confrontación, polarización y guerras.

7 de febrero de 2022