22 de julio de 2010

la educación intercultural avanza y se empodera

Como todos los movimientos y las fuerzas sociopolíticas en Sudamérica, su expansión, éxito y empoderamiento depende de muchos factores concurrentes; así fue con las fuerzas democráticas, los grupos por la igualdad de las mujres, los movimientos ecológicos y ahora las minorías indígenas.

Hay dos lecturas posibles para medir el avance la interculturalidad en la educación; la primera cuantitativa, que mide la cantidad de participantes de una u otras culturas en una determinada institución de educación superior, y la otra, más bien cualitativa, que mide la apertura de los sistemas y métodos de apropiación del conocimiento que se imparte, a las diferentes formas de aprendizaje que cada cultura puede tener. Ambas están ligadas a un principio de respeto a las identidades culturales de una comunidad: aprender de otros, sin dejar de ser uno mismo.

En el primer caso, la apertura de las universidades y centros de educación superior en Bolivia a la participación de las diferentes etnias y culturas, es una línea continua que viene y se desarrolla desde la Revolución Nacional en 1952, que abrió las puertas de las universidades públicas y los institutos técnicos, a la población excluida hasta entonces, provocando así la base de una transformación sustentable en cuanto a la participación de la población y de los grandes grupos de mestizos e indígenas migrantes del campo a las ciudades, en los centros de formación técnica y superiores. Las universidades estatales son un buen ejemplo, que cuentan con centros estudiantiles indígenas organizados y reconocidos desde hace dos o tres décadas atrás.

La otra vía de medición, la cualitativa, que hace además a la democratización de los métodos de aprendizaje, se mantuvo vinculada a la corriente hegemónica en el mundo hasta ese entonces: el racionalismo cientificista, centralizado alrededor de las grandes corporaciones académicas de producción de conocimiento, primero europeas y luego norteamericanas. Para aprender lo de ellos, había que pensar como ellos. Sin embargo se produjeron inevitables avances en otra dirección.

El primer paso, en el mundo global, fue la construcción de un espacio para el conocimiento fuera de las universidades, que se consolidó con la aparición de la Red global en Internet, que abrió la posibilidad de acceso a una realidad donde lo imperante era la abundancia del conocimiento, antes que la escasez a la que la humanidad estaba acostumbrada. De pronto toda institución o persona podía no solo disponer de un acceso personal y directo a la Red, sino publicar en ella lo que se le antojara (en igualdad de condiciones con las otro hora sacrosantas instituciones del saber), incluida su propia experiencia y los logros en ella alcanzados.

De esa manera surgieron en el mundo movimientos culturales que no tenían canales de expresión y, que de no ser por estos en la Red, no hubieran alcanzado un sitial de reconocimiento y popularidad como los que hoy tienen, por ejemplo, los métodos de autoayuda y toda la parafernalia que se consume a su alrededor, otorgándole un status de explicación válida de la realidad, aunque no podrían superar un cuestionamiento desde la lógica académico-universitaria. A parte de ello, en el mercado mundial resultaron un éxito comercial, y por tanto, un buen negocio.

Otro paso importante para desarrollar una propuesta, fue la enorme ola migratoria de la periferia al centro del mudo capitalista desarrollado, que llevó todo tipo de expresiones culturales, a los países europeos y a Estados Unidos de Norteamérica, obligando a esas sociedades no solo a desarrollar condiciones de tolerancia y convivencia, sino a impulsar instituciones dedicadas a fortalecer estos rasgos. Nacieron y crecieron los fondos estatales y privados, las ayudas financieras, las instituciones especializadas, que no solo habrían de quedarse dentro de las fronteras del desarrollo, sino exportarse como panacea por el mundo entero.

En América hispana (de la misma manera en que empezaba a visibilizarse en otras latitudes una comunidad vegetariana, otra ecologista, o el mundo hacker, tan importante ahora como cultura que lucha por la igualdad y libertad en los procesos de apropiación pública del conocimiento), el interlocutor natural a esta posibilidad institucional y financiera, resultaron ser los movimientos indigenistas e indianistas, que empezaban a fortalecerse internamente, gracias a la ola democrática que se consolidó el último cuarto del siglo XX en países como Bolivia, Perú, Ecuador, o, en otras condiciones en Chiapas o Guatemala en Centroamérica.

Desde ese feliz matrimonio se inició el empoderamiento, primero financiero, luego del conocimiento y político, finalmente, de esos grupos culturales en el continente, que lograron avances sustanciales, de los que el más importante es la victoria democrática de Evo Morales Ayma en el centro del subcontinente sudamericano. Esta realidad ha producido un proceso de rápido “contagio viral” hacia otras comunidades indígenas en otros países, y puesto en evidencia la necesidad de avanzar en la construcción de instituciones interculturales, que reconozcan las costumbres, tradiciones, cosmovisiones y lenguajes de estos importantes grupos emergentes.

Esto indica que existen bases ideológicas, políticas, sociales y financieras suficientes, como para extender el proceso  y la extensión de su influencia a las universidades e institutos de educación, valorizando así la incorporación de métodos de trasmisión y apropiación del conocimiento desde distintos sistemas culturales, primero los indígenas, luego las comunidades afrodescendientes, las comunidades de inmigrantes asiáticos de segunda generación, asentados desde hace un siglo en países como Panamá, y así sucesivamente, el movimiento gay y otras minorías importantes.

El avance sustancial, el salto cualitativo, será la transformación de la cultura dominante en algo más abierto y tolerante, que otorgue a los ciudadanos la capacidad de “ponerse en lugar del otro” y comprenderlo, bajo la condición de mantener reglas políticas e institucionales democráticas, sin las cuales esto no será posible.