ALTERNATIVAS

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18 de enero de 2026

EL LENGUAJE: CONSCIENCIA Y REALIDAD

Uno de los problemas menos visibles (y sin embargo más decisivos) de la sociedad boliviana es la precariedad en el dominio del castellano y otros lenguajes vigentes en el país. No se trata de una deficiencia meramente escolar ni de un asunto estético vinculado a la “buena dicción”, sino de un problema estructural que incide directamente en la forma en que comprendemos la realidad, la explicamos y la proyectamos colectivamente. En una sociedad donde el lenguaje es frágil, la conciencia social también lo es; y donde la conciencia es débil, la ciudadanía se vuelve incompleta y la democracia vulnerable.


Bolivia es un país multilingüe en el papel y, paradójicamente, empobrecido en su práctica lingüística cotidiana. Para una parte significativa (aunque no mayoritaria) de la población, el castellano no es lengua materna, sino una segunda lengua aprendida de manera incompleta, fragmentaria o meramente funcional. Al mismo tiempo, las  otras lenguas vigentes (el quechua, el aymara, el guaraní) han ido perdiendo centralidad en la vida diaria, en el espacio público y en la educación formal, sin haber sido plenamente sistematizadas ni fortalecidas como lenguas aptas para el pensamiento complejo, la escritura rigurosa y la producción intelectual.

El resultado es una situación intermedia y problemática, ya que muchas y muchos bolivianos no dominamos plenamente el castellano, pero tampoco contamos con un manejo sólido, normativo y actualizado de las otras lenguas mencionadas. Se vive, por decirlo sin eufemismos, en un “entre-lenguas” empobrecido. Este déficit no se manifiesta solo en errores gramaticales o en un vocabulario reducido, sino en la dificultad para formular ideas abstractas, argumentar con precisión, matizar posiciones, establecer relaciones causales o construir narrativas coherentes sobre la experiencia social y política.

El lenguaje no es un simple instrumento de comunicación; es el dispositivo fundamental mediante el cual se organiza la percepción del mundo. Nombrar es ordenar; conceptualizar es delimitar; narrar es conferir sentido. Cuando el lenguaje es pobre, la realidad se vuelve opaca, confusa o se reduce a consignas. Allí donde faltan palabras, sobran gritos; donde no hay conceptos, proliferan prejuicios; donde la sintaxis se debilita, la violencia simbólica encuentra terreno fértil para crecer. No es casual que las sociedades con déficits lingüísticos estructurales sean también más propensas a la simplificación del conflicto y a la radicalización identitaria.

Esta carencia tiene consecuencias políticas profundas. Una ciudadanía con limitaciones lingüísticas estructurales enfrenta mayores dificultades para comprender discursos públicos complejos, evaluar propuestas, detectar contradicciones o exigir rendición de cuentas. El debate democrático se empobrece, se simplifica y se polariza. La política degenera entonces en eslóganes, dicotomías morales rudimentarias y relatos maniqueos que excluyen el matiz y anulan la deliberación racional. En ese contexto, el adversario deja de ser un interlocutor y pasa a ser un enemigo; y la diferencia, en lugar de tramitarse mediante el diálogo, se transforma en agravio.

Aquí aparece un vínculo decisivo con el problema de la imprescindible necesidad de escucha, diálogo y reconciliación nacional y social. No puede haber reconciliación efectiva en una sociedad que carece de lenguajes compartidos para nombrar su historia, sus heridas y sus desacuerdos. La reconciliación no es silencio ni olvido, es la capacidad de narrar el conflicto sin reducirlo a insulto, de reconocer al otro sin negarlo, de procesar el pasado sin convertirlo en arma permanente. Todo eso exige lenguaje, palabras para matizar, conceptos para comprender, narrativas para integrar.

Cuando una sociedad no dispone de esas herramientas, la fractura se vuelve estructural. Las diferencias étnicas, regionales, culturales o ideológicas dejan de ser diversidad y se convierten en trincheras de guerra. El conflicto se expresa entonces como identidad cerrada y no como desacuerdo democrático. La pobreza lingüística no solo limita la participación política; limita, sobre todo, la posibilidad de construir un “nosotros” inclusivo, condición básica de cualquier proyecto nacional.

La responsabilidad de esta situación no recae en los hablantes, sino en un sistema educativo que ha fracasado en su misión más elemental: formar sujetos capaces de pensar con palabras. La educación intercultural bilingüe fue proclamada como una conquista histórica, pero no se tradujo en un fortalecimiento real de las lenguas utilizadas como lenguas de conocimiento, ni en una enseñanza rigurosa y exigente del castellano como lengua común de deliberación pública. En no pocos casos se optó por una pedagogía condescendiente, de bajos estándares, que confundió inclusión con simplificación y terminó produciendo una ciudadanía frágil, más proclive a la adhesión emocional que al juicio crítico.

Revertir este escenario exige una decisión política y cultural de largo aliento. Supone asumir que el dominio del lenguaje, oral y escrito, es una condición básica de la ciudadanía democrática. Supone también tomar en serio todas las lenguas vigentes en el país, no como emblemas identitarios congelados, sino como sistemas vivos capaces de vehiculizar ciencia, filosofía, derecho y pensamiento crítico. Y, al mismo tiempo, implica enseñar un castellano exigente, rico y preciso, no como instrumento de dominación, sino como espacio común de encuentro intersubjetivo, donde las diferencias puedan expresarse sin romper la convivencia.

En última instancia, fortalecer el lenguaje en Bolivia es fortalecer la capacidad de la sociedad para pensarse a sí misma y reconocerse en su pluralidad. Sin palabras suficientes no hay ciudadanía plena; sin lenguajes compartidos no hay reconciliación posible. Y sin una conciencia lingüísticamente articulada, toda promesa de transformación democrática corre el riesgo de quedarse —literalmente— sin palabras.

2 de septiembre de 2022

EN HONOR A SANTA CRUZ

Este mes de septiembre, que es el mes de Santa Cruz, no quiero dejar pasar algunas cosas que considero importantes. En su honor:

1. Santa Cruz es el crisol de la nueva Bolivia, de eso no hay dudas, allí se está fraguando nuestra definitiva identidad: lo boliviano mestizo, urbano, democrático y representativo de las clases medias.

El dinamismo económico cruceño es imparable y lleva a que en sus ciudades nos encontremos y entremezclemos las y los bolivianos de todas las razas, culturas, creencias y condiciones. Santa Cruz es la nueva fragua.

Esa dinámica de vanguardia es también producto de décadas de transferencia de recursos y subvenciones desde las alturas hacia el llano, desde que el Plan Bohan lo diagnosticó en los años 40 del siglo XX y desde que la Revolución Nacional decidió por la apertura del Camino al Oriente en los años 50. Ese flujo de recursos no ha parado hasta ahora, y de ello deben ser conscientes las y los cruceños.

Esa afirmación no desmerece la pujanza, la altura de miras, la capacidad de trabajo, ni la institucionalidad privada, cooperativa y regional cruceñas, que son, desde luego, un ejemplo de cómo se pueden hacer mejor las cosas. Y ese es un producto de creación local.

2. Ese ser la vanguardia económica se va a expresar, si o si, en ser vanguardia política y cultural; eso es inevitable. El tema es saber cuándo, cómo, y en qué dirección.

Lo del "cuando", depende sustancialmente de la capacidad de las élites cruceñas de asumir esa responsabilidad; mostrarse ante las y los demás bolivianos como sujetos portadores de un proyecto que nos convoque, nos implique y nos convenga a todos y todas, para construir nuevos consensos sobre un destino común, que redefina, también, nuestro rol entre las naciones de la región y en el mundo.

Entre paréntesis: (Sólo así se puede pensar en articular una nueva mayoría electoral, que reemplace en el poder, al etnonacionalismo autoritario, populista, conservador y antidemocrático, que hace 16 años somete al país a sus designios).

Insisto que la actual dirigencia regional cruceña no está a la altura de ese desafío. Y que las y los cruceños deben renovarla. Santa Cruz de hoy no es la de ayer, y sus élites deben ser las de hoy y no las del ayer.

El otro asunto, el de "en qué dirección" es más complicado. Porque no depende de las y los cruceños solamente, sino que, reconociendo el rol protagónico y definitivo de la vanguardia cruceña para toda Bolivia, es de interés de cada boliviano y boliviana, sin importar dónde hayamos nacido, ni dónde residamos. Si esto significa el futuro para cada quien, para nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos, es que estamos todos y todas convocados a opinar, a participar y a decidir sobre ese camino.

3. La dirigencia cruceña tienen que comprender (es parte de su desafío actual; eso es ser vanguardia) que su destino está ligado a la opinión y la decisión del conjunto diverso y variopinto de quienes vivimos en este nuestro difícil y querido país, y que ser conductores de la nación implica tomar en cuenta tanto a quienes habitan el departamento más rico y más próspero en Bolivia, como a quienes viven en los confines más lejanos, en las alturas del Collao. Santa Cruz tiene que escalar los Andes.

A eso yo le llamo "salir del primer anillo", que es la condición sine qua non, para liderar el futuro y dirigir a todo el país, desde la Plaza 24 de Septiembre.

4. Hay condiciones para que esto suceda. No es fácil escalar el Illimani. Y la principal es asumir un compromiso de vanguardia; no se puede ser vanguardia caminando para atrás.

El futuro, aquí o en cualquier país, al menos entre los que nos rodean, será progresista (se puede ser progresista, de derecha o de izquierda, lo mismo que conservador), ecologista, feminista, laico, igualitario en derechos, y equitativo económicamente... o no será. Es posible pensar que podría no haber futuro y que podemos quedarnos estancados en el lodazal obscuro del presente.

Porque solo en una sociedad con un compromiso como el descrito, cabemos todos y todas por igual y en igualdad de condiciones, toda otra opción es dicriminatoria y la discriminación, desde un lado o desde el otro, nos puede poner, como quieren que suceda los que reproducen su poder gracias a la polarización y el enfrentamiento, al borde de la guerra.

Y solo en una sociedad que cumpla esas condiciones, podremos pensar en detener la destrucción del medio ambiente (léase las condiciones para la reproducción de la totalidad social, rica, diversa y compleja), que es el otro gran asunto contemporáneo en el que las naciones y los pueblos deben pensar, si quieren sustentarse en el tiempo.

Solo así podremos enfrentar el desafío de empoderar nuestra sociedad. Empoderar quiere decir educar, elevar el nivel de conocimientos necesarios para encarar los tiempos donde la industria, la producción y el trabajo, dependen de compartir saberes, no solo entre nosotros, sino con nuestro entorno y con el mundo. La riqueza está en la producción, y en esta era global de la humanidad, la producción depende del conocimiento, no hay otro camino. Todo lo demás son cuentos.

Esto permite explicar y entender que no hay desarrollo posible sin sostenibilidad democrática, sin una sociedad mínimamente ilustrada. Esa tiene que ser La Responsabilidad (con mayúsculas) de las vanguardias políticas de este tiempo. Y ese camino no se puede trazar y menos caminar, con élites conservadoras, ni aquí, ni en Groenlandia, por decir algún lugar.

Si hay algo por lo que debemos juzgar al MAS, no es por querer folclorizarnos con wiphalas, que eso (dejando sus secuelas) va a pasar; debemos condenarlo por habernos aislado de los saberes del mundo, y habernos retrotraído en el retraso educativo y la ignorancia. Dos generaciones nos va a costar salir de eso.

Más que nunca en este tiempo, el destino no es un asunto de voluntades. No es un asunto de derechas o de izquierdas, porque solo en el centro de la política hay espacio para todos y para todas. El centro de la política es el espacio de realización de las sociedades de avanzada, que son sociedades mestizas, interculturales, urbanas, ilustradas y democráticas; son las sociedades del mundo de hoy, en Alemania, el Japón, en Colombia o en Bolivia. Solo falta reconocernos como tales y es la sociedad cruceña y Santa Cruz quienes está llamada a hacerlo, porque goza de las condiciones y posibilidades para hacerlo.

Es una condición de supervivencia. Y desde Santa Cruz tienen la palabra.


Para navegar más sobre estos temas, invito a leer https://bit.ly/CicloBolivia

22 de julio de 2010

la educación intercultural avanza y se empodera

Como todos los movimientos y las fuerzas sociopolíticas en Sudamérica, su expansión, éxito y empoderamiento depende de muchos factores concurrentes; así fue con las fuerzas democráticas, los grupos por la igualdad de las mujres, los movimientos ecológicos y ahora las minorías indígenas.

Hay dos lecturas posibles para medir el avance la interculturalidad en la educación; la primera cuantitativa, que mide la cantidad de participantes de una u otras culturas en una determinada institución de educación superior, y la otra, más bien cualitativa, que mide la apertura de los sistemas y métodos de apropiación del conocimiento que se imparte, a las diferentes formas de aprendizaje que cada cultura puede tener. Ambas están ligadas a un principio de respeto a las identidades culturales de una comunidad: aprender de otros, sin dejar de ser uno mismo.

En el primer caso, la apertura de las universidades y centros de educación superior en Bolivia a la participación de las diferentes etnias y culturas, es una línea continua que viene y se desarrolla desde la Revolución Nacional en 1952, que abrió las puertas de las universidades públicas y los institutos técnicos, a la población excluida hasta entonces, provocando así la base de una transformación sustentable en cuanto a la participación de la población y de los grandes grupos de mestizos e indígenas migrantes del campo a las ciudades, en los centros de formación técnica y superiores. Las universidades estatales son un buen ejemplo, que cuentan con centros estudiantiles indígenas organizados y reconocidos desde hace dos o tres décadas atrás.

La otra vía de medición, la cualitativa, que hace además a la democratización de los métodos de aprendizaje, se mantuvo vinculada a la corriente hegemónica en el mundo hasta ese entonces: el racionalismo cientificista, centralizado alrededor de las grandes corporaciones académicas de producción de conocimiento, primero europeas y luego norteamericanas. Para aprender lo de ellos, había que pensar como ellos. Sin embargo se produjeron inevitables avances en otra dirección.

El primer paso, en el mundo global, fue la construcción de un espacio para el conocimiento fuera de las universidades, que se consolidó con la aparición de la Red global en Internet, que abrió la posibilidad de acceso a una realidad donde lo imperante era la abundancia del conocimiento, antes que la escasez a la que la humanidad estaba acostumbrada. De pronto toda institución o persona podía no solo disponer de un acceso personal y directo a la Red, sino publicar en ella lo que se le antojara (en igualdad de condiciones con las otro hora sacrosantas instituciones del saber), incluida su propia experiencia y los logros en ella alcanzados.

De esa manera surgieron en el mundo movimientos culturales que no tenían canales de expresión y, que de no ser por estos en la Red, no hubieran alcanzado un sitial de reconocimiento y popularidad como los que hoy tienen, por ejemplo, los métodos de autoayuda y toda la parafernalia que se consume a su alrededor, otorgándole un status de explicación válida de la realidad, aunque no podrían superar un cuestionamiento desde la lógica académico-universitaria. A parte de ello, en el mercado mundial resultaron un éxito comercial, y por tanto, un buen negocio.

Otro paso importante para desarrollar una propuesta, fue la enorme ola migratoria de la periferia al centro del mudo capitalista desarrollado, que llevó todo tipo de expresiones culturales, a los países europeos y a Estados Unidos de Norteamérica, obligando a esas sociedades no solo a desarrollar condiciones de tolerancia y convivencia, sino a impulsar instituciones dedicadas a fortalecer estos rasgos. Nacieron y crecieron los fondos estatales y privados, las ayudas financieras, las instituciones especializadas, que no solo habrían de quedarse dentro de las fronteras del desarrollo, sino exportarse como panacea por el mundo entero.

En América hispana (de la misma manera en que empezaba a visibilizarse en otras latitudes una comunidad vegetariana, otra ecologista, o el mundo hacker, tan importante ahora como cultura que lucha por la igualdad y libertad en los procesos de apropiación pública del conocimiento), el interlocutor natural a esta posibilidad institucional y financiera, resultaron ser los movimientos indigenistas e indianistas, que empezaban a fortalecerse internamente, gracias a la ola democrática que se consolidó el último cuarto del siglo XX en países como Bolivia, Perú, Ecuador, o, en otras condiciones en Chiapas o Guatemala en Centroamérica.

Desde ese feliz matrimonio se inició el empoderamiento, primero financiero, luego del conocimiento y político, finalmente, de esos grupos culturales en el continente, que lograron avances sustanciales, de los que el más importante es la victoria democrática de Evo Morales Ayma en el centro del subcontinente sudamericano. Esta realidad ha producido un proceso de rápido “contagio viral” hacia otras comunidades indígenas en otros países, y puesto en evidencia la necesidad de avanzar en la construcción de instituciones interculturales, que reconozcan las costumbres, tradiciones, cosmovisiones y lenguajes de estos importantes grupos emergentes.

Esto indica que existen bases ideológicas, políticas, sociales y financieras suficientes, como para extender el proceso  y la extensión de su influencia a las universidades e institutos de educación, valorizando así la incorporación de métodos de trasmisión y apropiación del conocimiento desde distintos sistemas culturales, primero los indígenas, luego las comunidades afrodescendientes, las comunidades de inmigrantes asiáticos de segunda generación, asentados desde hace un siglo en países como Panamá, y así sucesivamente, el movimiento gay y otras minorías importantes.

El avance sustancial, el salto cualitativo, será la transformación de la cultura dominante en algo más abierto y tolerante, que otorgue a los ciudadanos la capacidad de “ponerse en lugar del otro” y comprenderlo, bajo la condición de mantener reglas políticas e institucionales democráticas, sin las cuales esto no será posible.