20 de abril de 2012

ETNONACIONALISMOS

El ultranacionalista noruego Anders Behring Breivik, famosos por atentar contra un campamento de jóvenes socialdemócratas del Partido Laborista Noruego el pasado verano europeo, matando a 77 compañeros, se ha presentado a juicio y ha sorprendido con su postura de que "lo volvería a hacer de nuevo", porque defiende la cultura originaria de su pueblo contra las doctrinas extranjerizantes del multiculturalismo.

 

Y esto no merecería una mención tan larga, si no fuera por el acápite al final de la declaración en su comparecencia, cuando al declararse inocente de la masacre, argumentó que su lucha es similar a la de los indígenas bolivianos o tibetanos, que buscan proteger su condición cultural de origen, ante el avasallamiento colonial de la globalización; también mostró su extrañeza sobre el por qué un etnonacionalismo como el boliviano es tan bien visto y considerado allí al norte del mundo, mientras que su etnonacionalismo noruego es vilipendiado y tan poco comprendido.

Breivik no se equivoca cuando compara ambos extremos. Los etnonacionalismo de hoy son todos la misma cosa, como los nacionalismos de antaño lo eran también, emparentando fascismos, exiliando a musulmanes o eliminando a millones de judíos. La defensa de una identidad de origen y su valoración como algo superior, separado o diferente, que merece un  tratamiento o cuidados especiales, sino preponderancia, son y serán la semilla de una vocación autoritaria, capaz de intervenir, pelear por tomar el poder y tomarlo, convirtiéndose en una pesadilla al imponer su visión del mundo, y capaces de matar, si fuera necesario. Esa semilla está sembrada en el corazón de Breivik y en la Constitución plurinacional, impuesta en Bolivia a sangre y fuego. Esa semilla está esparcida en los surcos del populismo plurinacional que predica el MAS, creyendo como dice cada día, que hay que ser algo así como indígena y originario para gozar de la condición de ciudadano en las tierras del altiplano (porque en los llanos, ni con eso).

A diferencia de Anders Behring Breivik, yo, que tampoco encuentro grandes diferencias entre el etnonacionalismo noruego que asesina y el etnonacionalismo aimara que nos gobierna, puedo comprender como el segundo es aceptado con simpatía en Noruega, mientras se condena al primero; porque los noruegos no viven aquí, y lo que hacemos y decimos los bolivianos ha de parecerles un simpático juego de indiecitos tercermundistas, y eso es siempre divertido de ver, si se mira desde lejos.