28 de junio de 2013

LAS TAZAS SUCIAS

Cuando el presidente Morales se queja porque una Jefa de Protocolo no obedeció su orden de recoger las tazas de café y envió a un auxiliar a que lo hiciera (lo comentó en su último discurso en Cancillería, en medio de la denuncia de los infiltrados), criticándola con un “quién se cree”; lo que demuestra es el irrespeto a la formación, el conocimiento, la profesionalidad, el rol de cada quien en las instituciones. Si el argumento para estos casos es que todos somos iguales y debemos cumplir los mismos roles, sin importar el lugar que ocupa cada cual en un determinado momento, uno podría preguntarse llevando el argumento a sus extremos, por qué el Presidente no recoge las tazas de café por sí  mismo.

Las cosas se han mezclado de tal manera que hoy por hoy es difícil entendernos porque nos hemos hecho un “chenko” en estos asuntos. En nombre de la descolonización no podemos, por ejemplo, despreciar un concierto para piano escrito hace unos siglos por Wolgang Amadeus Mozart y valorarlo igual que una saya popular, porque para escribir el viejo concierto se habrá necesitado algo que la copla popular no precisa, que es un piano. Detrás del piano hay siglos de conocimiento humano, de estudio y trabajo acumulados por generaciones, mientras en la copla no, aunque esta última sea tan representativa o hasta más gustosa y linda que la del complejo pentagrama. Ese cúmulo de conocimiento sintetizado en una partitura es el que le da ventaja y hace que la sinfonía se escuche hoy en los teatros del Japón, Sudáfrica, Australia o Bolivia, lo mismo que en la ciudad de sus orígenes. El  mismo concepto debe aplicarse a la Democracia, un sistema de libertad e igualdades nacido en otras latitudes, pero valedero para la humanidad entera.

Y no estoy otorgándole mayor valor musical a ninguna de las dos obras. Estoy reconociendo lo único que otorga valor a los objetos y hechos: el trabajo, que no es un desgaste de energías físicas solamente, sino la capacidad de poner uno sobre otro, como los ladrillos de una casa (isntitución tras institución), el conocimiento humano correspondiente a una cultura y poder conservarlo. No hay culturas mejores ni peores, todas son iguales, pero algunas han logrado construir los pianos, y las ruedas, y las catedrales o palacios (vale para el voto universal, los cangresos parlamentarios, la independencia judicial, etc.), mientras que las otras no, y saber aquilatar (no valorar) las diferencias para aprovecha lasmejores opciones, debiera ser una condición significativa de la grandeza del poder, para coadyuvar desde él, al desarrollo de los pueblos.

Evo Morales hace mal uso del poder, porque no entiende que la Jefa de Protocolo no está ahí para levantar la taza de café (seguramente en su casa ella levantará y lavará las tazas que sean necesarias) que ensuciaron Su Excelencia y sus invitados, y que es justo que se niegue y envíe a hacerlo a quien le corresponda, y no es porque se le “caigan los anillos”. El día en que los evos entiendan eso (que no los hace ni me hace a mí, ni más ni menos socialistas), podremos entendernos.