ALTERNATIVAS

27 de octubre de 2026

CUANDO LOS DIRIGENTES HUYEN

Una derrota electoral rara vez destruye a un partido político; lo que puede terminar por desintegrarlo es la cobardía de sus dirigentes, especialmente cuando quienes se proclamaron conductores imprescindibles abandonan a sus seguidores en el momento en que más los necesitan.


Lo vivimos en Bolivia cuando Evo Morales huyó a México en noviembre de 2019. El MAS consiguió recuperarse y volvió al gobierno en 2020, pero su dependencia del caudillo, las posteriores disputas por el poder y la incapacidad de construir una sucesión terminaron por fracturarlo, dispersar sus fuerzas y conducirlo al desastre electoral de 2025.

Brasil podría estar frente a un fenómeno parecido. Jair Bolsonaro ya había partido hacia Estados Unidos después de su derrota de 2022. Ahora es su hijo Flávio quien, tras perder las elecciones presidenciales del pasado domingo frente a Lula, ha salido huyendo hacia ese mismo país, incumpliendo una orden judicial de entregar sus pasaportes, apenas dos días después de prometer que encabezaría la oposición.

La derecha brasileña conserva, sin embargo, una fuerza política formidable, el Partido Liberal contará con 121 diputados, 29 senadores y seis gobernadores, además de importantes aliados en otros partidos y gobiernos estatales. Pero esa fortaleza institucional podría verse seriamente comprometida por el desconcierto, las disputas sucesorias y la desmoralización que provoca la ausencia de quien recibió casi sesenta millones de votos y prometió conducirlos.

La historia nos enseña que los movimientos construidos alrededor de un dirigente pueden sobrevivir a una derrota, pero difícilmente conservan su cohesión cuando carecen de instituciones capaces de sustituirlo (no sé si los liberales brasileños viven una situación así, pero seguro que esto les afectará mucho). Un acto de cobardía semejante termina convirtiendo la fortaleza aparente de un liderazgo en la mayor debilidad de todo un proyecto político.

Y hay una diferencia sustancial entre perder unas elecciones y abandonar a quienes confiaron en uno. Los problemas judiciales deben resolverse con todas las garantías del Estado de derecho, pero no excusan la responsabilidad política contraída con millones de ciudadanos.

Porque el verdadero liderazgo no se demuestra en la victoria, rodeado de multitudes y aplausos, sino en la adversidad, cuando corresponde dar la cara, asumir responsabilidades y preparar el futuro. Huir de ese compromiso es, a mi juicio, una forma de cobardía política que no solamente desacredita al dirigente, sino que puede arrastrar consigo las esperanzas de quienes lo siguieron.

Los partidos democráticos deben sobrevivir a sus líderes. Los dirigentes, en cambio, suelen pretender que sus partidos no sobrevivan sin ellos. Y ahí comienza la decadencia.

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