11 de enero de 2008

¡Ábrete sésamo!


sesamo.jpg


 


Del dialogo a la negociación. ¿Quíen pensaría hace solo dos semanas que fuera posible? Una comisión discutiendo las compensaciones al IDH de los departamentos desde que fue evidente que la confiscación de estos recursos afectaba decididamente el desarrollo de los proyectos departamentales. O sea que tendremos el lunes 21 de enero un acuerdo en este tema; es un gran avance, más que económico, cultural.



Entre los prefectos hay una mayoría de personas acostumbradas a hacer acuerdos, qué sino el Pacto Democrático, el Acuerdo Patriótico, el Compromiso por Bolivia, los Acuerdos “Mariscal Andrés de Santa Cruz” y otros, que garantizaron reformas, estabilidad y hasta un gobierno de tranquilidad inolvidable, como el de Paz Zamora a finales de los 80. Tras los prefectos hay una cultura política de pactos, de cumplimiento de la palabra empeñada, de respeto a la necesidad de los otros. Tras Evo Morales y sus seguidores, hay es una cultura sindical y asamblearia, de presión permanente, que considera a los acuerdos como una traición, porque confunden las necesidades y las demandas con los principios. Menuda equivocación. Como para creerles de nuevo.



Así pocos crean en los resultados, podemos mirar con esperanzas el arreglo entre el Presidente y los prefectos, así no se llegue a concluir del todo, porque es un paso en la construcción civilizatoria de las nuevas élites, que han llegado al gobierno (lo que es exceder a una importantísimo retazo del poder) por la vía de las urnas y del voto ciudadano, y que tienen el deber y la obligación de escuchar, representar, concertar y gobernar para todos, sin dejar de lado sus principios y buscando alcanzar las metas que se han trazado.



Pero el acuerdo sobre la nueva constitución es otra cosa. Ese texto rector, redactado al margen de las leyes, sin cumplir los dos tercios de los votos, aprobado en el Palacio de La Glorieta y luego en Oruro, con muertos y protestas en el primer caso, y rodeados de la turba amenazante y sin presencia de la oposición, en el segundo caso; nadie sabe quienes lo redactaron, ni donde. Ese texto ha vuelto a ponerse en consideración, para su revisión, otra vez fuera del ámbito constituyente; ahora les toca a los prefectos meterle mano, opinar, sugerir, cambiar… A estas alturas del debate y para legitimar de alguna manera todo el obscuro procedimiento de construcción del nuevo texto constitucional, habrá que aceptar que la Asamblea Constituyente fue un detalle en el camino y que no fue elegida para discutir, acordar y proponer una nueva constitución, sino para que los marginados de la historia sintieran que estaban firmando alguna cosa, algo que no conocen siquiera. Ese es el sentido de participación: que respondan a la lista, que levanten la mano, que salgan en la foto.



La Constitución misma, esa la redactaron los verdaderos constituyentes, que están donde los encontremos según vayamos caminando. Entre los dirigentes recién llegados al masismo, en Caracas, en las burocracias de partidos que ni existen (lease la suprapartidaria), ahora en las prefecturas y los movimientos cívicos. Eso es la constitución para el MAS y para Evo Morales es SU constitución. ¡Ábrete sésamo! La abre y la cierra a su gusto y antojo. Ahora participa este, mañana este otro y el de más allá, según convenga a la coyuntura, cambian el artículo tal, que negociaron los indígenas entre ellos, o que impusieron los movimientos sociales, o que copiaron de la constitución venezolana. Chapuza trucha, hija de la coyuntura, la que nos presentarán como legado para hacer historia.



¿Y nos van a obligar a votar ese colage de nadie y de todos?



Primero vamos a votar si todo esto es admisible. Primero el referéndum revocatorio para ver si el país en su conjunto considera que debe continuar esta comedia. Primero decidimos si Evo debe continuar o debe irse. Con el espíritu y la vocación más democrática, si Evo gana, que continúe y que vengan todos los referéndums que bien quieran, si no, si pierde como podría suceder, que se vaya y tengamos nuevas elecciones que abran una nueva etapa, esta vez en serio.



Al final queda la promesa del cambio. No como en la reunión de prefectos y del Gobierno Nacional, donde estuvieron sentados solo hombres, la mayoría viejos y también blancos, sin traducción simultanea entre los idiomas que hablan nuestros pueblos, porque los indígenas brillaron por su ausencia. Ahí está el tan mentado cambio, sin los jóvenes, sin las mujeres y sin los indígenas, como de costumbre.