28 de febrero de 2008

No se juega con las cosas de comer


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El crecimiento del precio de la leche está convirtiendo su distribución en un problema de salud pública, porque las madres y embarazadas más pobres, que como nunca (por ser universal) recogen directamente el subsidio materno-infantil en especie, sin necesidad de ser trabajadoras en alguna institución o empresa, están vendiendo la leche de su embarazo y la destinada a los niños recién nacidos, en la puerta de los mercados.



Ayer, la policía municipal en la ciudad de La Paz, ha descubierto no uno, sino varios depósitos, donde se almacenaban, uno encima de otro, los quintales de arroz que ahora distribuye y vende el gobierno, destinados a comercializarse detrás del almacén, al elevado costo que hoy tiene en el mercado, porque la diferencia entre el precio real y el del arroz subvencionado, hace rentable tomarse el trabajo y correr el riesgo de revenderlo clandestinamente y con todo cuidado. Imagino, digamos que en El Alto, a las tres de la mañana, el intercambio clandestino de un poco de arroz entre los vecinos, con el famoso sello en los envases: “Evo cumple”.



Recuerdo, yo muchacho, metido en mis estudios de sociología en Madrid, recibí el encargo de mis amigos (jovenzuelos como yo, o peores) que formaban parte del gobierno revolucionario de entonces (MNRI+MIR+PC+otritos=UDP), para coadyuvar a la donación de harina y trigo que hacía la Comunidad Europea (así se llamaba entonces) por los desastres naturales en Bolivia el año 1983. Me vine a Bolivia corriendo, a ayudar a incorporar en el mercado, de sopetón, el trigo barato y la harina casi gratis, para subvencionar a los pobres, a los que nada tenían y solícitos agradecían el buen trabajo de tantos compañeros desplazados para transportar y distribuir la harina que, a decir verdad, solo significaba el total del consumo correspondiente a dos días en el país, pero que nos servía también a nosotros y a nuestros jefes (sobre todo a nuestros jefes) para salir en las fotos y mostrar que lo estábamos haciendo bien.



En las primeras fotos quiero decir, porque eran las que exportaban la sonrisa de nuestro vicepresidente de entonces. Las de los siguientes días eran para huir, porque mostraban los depósitos clandestinos acumulando harina europea para la reventa, a precios inalcanzables para la gente pobre, porque el ocultamiento, la especulación y el agio habían hecho desaparecer la harina y el pan (junto a otros muchos otros productos) del mercado. Y nuestros abuelos, junto a nuestros padres, nos contaban y repetían que allá por los años 50 fue igual, que la gente tenía que salir en la madrugada a hacer cola y conseguir el cupo de comestibles que les hubiera correspondido, gracias a los cuperos del MNR revolucionario del 52, que, entre otras cosas, se hicieron ricos especulando con el hambre y las necesidades del pueblo.



Y ahora otra vez más. La remarque de una película que ya hemos visto y que no puede sino llevar al fracaso. Si ya sabemos. Lo hemos visto en Chile, cuando Salvador Allende, en el Perú de Alvarado, desde luego que en la bloqueada isla del Comandante Fidel, el sobreviviente. Si hemos visto la película, si sabemos exactamente como termina, pregunto desconcertado: ¿Por qué volver a repetir una y otra vez el mismo error y retroceder hasta alcanzar los peores resultados?



El proyecto UDP duró tres años. Para ese entonces los mineros estaban en las ciudades bloqueando las esquinas de las calles y explotando dinamitas, mientras los conductores de coches perdían cada día más la poca paciencia que quedaba; hasta empezaba a ser común que se le perdiera el miedo a los grupos de exaltados, azuzadas por la COB de entonces, y que la gente se agarrara a puñetes y palos en las esquinas. Tres años duró el experimento y en una reunión de emergencia, al filo mismo de la caida, se decidió acortar el mandato del Presidente Siles Zuazo y adelantar elecciones para que ganara la más dura derecha liberal, con la promesa de poner en orden la economía, a la cabeza del octogenario (77 años tenía) líder D. Victor Paz Estenssoro.



Y nosotros, que nos ufanábamos de la necesidad de renovación generacional y de ser las caras nuevas, tuvimos que aceptar callado y humildes el retorno de los viejos dirigentes, que volvieron a ser ministros y diputados y embajadores y gerentes de las empresas estatales y no se cuantas cosas más volvieron a ser, los mismo de siempre –decíamos–, mientras frenaban la inflación, reponían los mercados, junto al libre-mercado, y reprimían a rajatabla las protestas de los hambrientos, por el cierre de las minas, la relocalización de los trabajadores, el congelamiento de los salarios. Pero todos, desde los más ricos a los más pobres, volvimos a comer; los unos sus banquetes y los otros sus mendrugos, pero volvimos a comer.


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Si las cosas siguen así y si no nos hemos matado entre nosotros antes (que no creo, porque el MAS ha perdido la capacidad de dividir la sociedad y de enfrentar en la guerra sus retazos), imagino la muchedumbre de El Alto, bajando otra vez las laderas de La Paz (y a la Media Luna celebrando la victoria) pero no contra el neoliberalismo oligárquico, sino dispuestas a colgar a los ejecutivos del gobierno en los faroles de la plaza Murillo, como ya sucedió en 1946 con Villarroel, muerto en manos de las muchedumbres excitadas por la furia y luego reivindicado, como el mártir y héroe de la Revolución Nacional. Su nombre ha sido recordado y ensalzado por otras generaciones, junto a los de Tupaj Katari o del Che Guevara; si no es la primera vez.