19 de junio de 2009

Caras vemos y proyectos no sabemos



Hace tres años y medio, cuando Evo Morales fuera ungido Presidente de la República de Bolivia (en ese entonces había una República) y líder de los pueblos indígenas del Planeta Tierra (aún no era, como ahora, el Libertador), me preguntaba, por cuánto tiempo y para qué, tendríamos que jugar el rol de oposición, ante el empeño de “quedarse los próximos quinientos años” como decían Él y sus seguidores.

“¡Para construir un proyecto alternativo!” susurramos algunos, hasta con ilusión. Veníamos saliendo de un sistema de partidos corrompido por excluyentes, a pesar de que cumplían a cabalidad los pactos acordados entre ellos, un grupo de más o menos ricos, viejos, machos, blancos y conservadores, que le impedían avanzar al país. Por eso Evo Morales llegó con aires de renovación y cambio.

Sabíamos y lo escribimos con detalle, que a cambio de la pasada “oligarquía política” de cien familias que administraban los viejos partidos, llegaba al gobierno, un grupo de dirigentes enquistados en organizaciones corporativas, con mentalidad agrario-campesina, comprometidos ideológicamente con este populismo etnonacionalista, tan hábil en sus artes discursivas y tan poco útil para el desarrollo nacional y la lucha contra nuestra marginalidad y pobreza en el mundo.

Era momento para pensar en un proyecto alternativo. Alternativo a lo que se fue, rechazado por un pueblo que no quiere más la exclusión y los privilegios espurios del pasado. Alternativo a lo que llega, como que el pueblo se desilusionaría de a poco –decía yo– del autoritarismo masista que, en representación de los pobres, marginados y desarrapados del mundo, no podría gobernar como si fueran tan educados, democráticos y eficaces, como la aristocracia inglesa, por decir algo. Y tal cual, llegó el Jefe de la Tribu y comenzó a mandar… a palos, y es que no sabe hacer otra cosa.

Se trata de organizar “algo” que sea distinto, democrático, participativo, moderno, equitativo. “Algo” que cuando los ciudadanos lo “toquen”, sientan que es diferente. Entre otras cosas, debe contener en su seno las condiciones que prefiguren el futuro, debe ser lo que promete hacer. Por eso no puede hacerlo la derecha, por muy democrática que sea y por muy necesaria, por eso el lugar del proyecto alternativo está del centro a la izquierda, entre el liberalismo social y el socialismo democrático, me atrevo a repetir. Diciembre del 2009 no es momento del proyecto alternativo. La oposición es un lugar donde conviven quienes fueron desplazados del poder, junto a quienes buscan construir la alternativa; hay demasiado “ruido” para entendernos. Como en el Gobierno, donde conviven los nuevos que llegaron al poder, con los viejos que se acomodaron para sobrevivir como pudieron, también hay demasiado ruido.

Hay que hacer lo que hay que hacer y a su debido tiempo, sin desesperarse: una plataforma (un nuevo tipo de partido político) en red, donde todos seamos iguales (por encima de las razas, lo orígenes, los sexos, las edades), pero de verdad, no de boquita para afuera; donde las decisiones se consulten; un lugar donde la autoridad adquiera legitimidad democrática como para mandar y representar genuinamente (donde los dirigentes y candidatos se elijan, con voto, en igualdad de condiciones). El proyecto alternativo no es un programa alternativo, sino una manera de ser: es la reforma intelectual de la política en democracia.

Lo que hay que hacer con urgencia es la unidad. Quienes piensan que es mejor que la oposición presente sus matices en varias candidaturas, nos colocan ante la posibilidad de que el etnonacionalismo autoritario del MAS se haga con una mayoría suficiente para imponer sus designios desde la hegemonía asamblearia que tienen en mente, y no quede oportunidad para el proyecto de nadie. Si no hay unidad ahora, podría no haber proyecto mañana. En manos de quienes se dicen candidatos está ahora la forja de la unidad; en manos de la ciudadanía, está la responsabilidad del proyecto en un próximo futuro.