13 de junio de 2009

EVO MORALES Y LA OLA NEOPOPULISTA

Ricardo Paz Ballivian
ricardopazb@gmail.com







Un fantasma recorre América Latina, es el fantasma del Neopopulismo. No se trata de un visitante nuevo, ya lo recibimos y padecimos en varias ocasiones. Esta vez viene encarnado en las figuras características de Hugo Chávez, Rafael Correa, Manuel Zelaya, Fernando Lugo y Evo Morales. No se debe confundir a estos personajes ni al fenómeno político con el viraje hacia la izquierda democrática que parece estar dando el continente. Lula, Tabaré Vásquez, Bachelett, etc., poseen una adscripción inequívoca a las prácticas democráticas, mientras que Chávez y Morales, como antes Fidel Castro y Daniel Ortega, solamente utilizan las formas democráticas para consolidar su poder e instaurar gobiernos autoritarios y sin disidencia política que los amenace.

Evo Morales ganó las elecciones generales de Bolivia, en diciembre de 2005, con el 54% de los votos válidos en primera vuelta, arrasando prácticamente a toda la partidocracia tradicional, en un evento que no se producía desde 1966. Este singular resultado se produjo por la insensatez de las élites políticas y económicas bolivianas que combatieron con saña al gobierno social demócrata de Carlos Mesa y que terminaron de hartar a la población, en su pretensión por mantener un estado de situación injusto, desigual, excluyente y racista.

Los grupos de poder en Bolivia, que desde siempre se sienten dueños del país al tiempo que lo desprecian, conspiraron abiertamente contra Carlos Mesa hasta forzar el adelantamiento de elecciones y el consecuente acortamiento de mandato del Presidente y el Congreso Nacional. Actuaban persuadidos de conseguir la victoria aplastante de Jorge Quiroga Ramírez, ex Presidente el año 2001, basados en la peregrina idea de que Evo Morales era absolutamente inviable para la comunidad internacional y para los factores de poder interno en Bolivia.

El pueblo boliviano, cansado e indignado de las maniobras de los políticos tradicionales, votó masivamente a favor de Evo Morales en una demostración, más que de militancia política o ideológica, de un estado de ánimo colectivo pesimista e iracundo.

La composición del voto por Evo Morales, como lo demuestran estudios posteriores, fue muy heterogéneo. Votaron por el dirigente cocalero quiénes se adscribían a su proyecto político de manera consciente en aproximadamente un 20%, otro 20% lo hizo pensando que solamente así se garantizaría paz social y culminación de la inestabilidad política y, finalmente, un 15% emitió su voto de manera perversa, anticipando un gobierno caótico, débil e ineficiente, que sepulte para siempre las aspiraciones políticas de Evo Morales.

Así y todo, el 54% que obtuvo el MAS no reflejó una votación uniforme en el país y más bien demostró de manera muy evidente el cisma regional que atraviesa Bolivia. Evo Morales venció en los cinco Departamentos de Occidente (La Paz, Oruro, Cochabamba, Potosí y Chuquisaca), mientras que PODEMOS de Jorge “Tuto” Quiroga ganó en los cuatro de Oriente (Santa Cruz, Tarija, Beni y Pando). El resultado final, además, le dio mayoría al MAS en la Cámara de Diputados, pero no le alcanzó para dominar el Senado de la República.

El análisis sociológico del voto muestra también que Bolivia se partió prácticamente en dos: los pobres y los más pobres con el MAS y las clases medias y los menos pobres con PODEMOS, Unidad Nacional del magnate del cemento Samuel Doria Medina y el MNR de Gonzalo Sánchez de Lozada (en Bolivia los ricos son estadísticamente insignificantes en relación al voto).

La pregunta que hoy nos hacemos los bolivianos es si se repetirá la situación que acabamos de describir cuatro años después, en diciembre de 2009.

Mi percepción es que en el MAS no lo saben todavía, pero perderán las próximas elecciones generales de diciembre. Las perderán por varias razones de las cuáles vamos anotar algunas.

En primer lugar porque a esta altura ha quedado claro que ellos no representan la inauguración de una nueva etapa en la historia nacional, sino el último eslabón de un sistema que se cae a pedazos y que se inauguró en 1952. No son los primeros del nuevo paradigma sino los últimos del viejo y agonizante Estado del nacionalismo revolucionario.

En segundo lugar porque desaprovecharon la oportunidad de cristalizar el proceso institucional de reconstrucción del contrato social inaugurado por Carlos Mesa, tergiversando la Asamblea Constituyente al extremo de instrumentalizarla como un proyecto político partidario y no como el proyecto nacional incluyente que debió ser.

En tercer lugar porque la ineficiencia en la gestión de la cosa pública está comenzando a cobrar factura, luego de tres años de bonanza desaprovechada. La carestía cotidiana, el desabastecimiento de carburantes, el desempleo creciente, la inflación galopante y la devaluación artificial y costosamente contenida, constituyen un cóctel explosivo que está a punto de estallar.

En cuarto lugar porque la desinstitucionalización ha llegado a un extremo tal, que la próxima parálisis del Poder Judicial convertirá la anomia social en la que estamos, en una peligrosa diáspora en la que el gobierno de las leyes será reemplazado por la dictadura de los más fuertes. La indefensión del ciudadano de a pie, respecto de los grupos corporativos, generará una situación insostenible.

En quinto lugar porque la confederación de minorías eficaces que es el MAS, ante la cercanía de las elecciones particulares (senadores, diputados uninominales, prefectos, alcaldes y concejales), dará paso a una irreversible y cruenta lucha de facciones interna de la cual ellos mismos serán los principales damnificados.

En sexto lugar porque los “ideólogos” del MAS o ya no están en el esquema partidario y de gobierno o definitivamente han perdido la brújula y repiten la consigna del “proceso de cambio” sin contenido y sin nuevos aportes que intenten explicar lo mucho que se parece este proceso a la UDP y a los llamados “gobiernos neoliberales”.

En séptimo lugar porque la oposición política ha dejado su letargo y sus complejos y ha empezado a organizarse en diversas opciones, con una energía y una respuesta popular, que ha sorprendido a sus propios promotores. Sin duda se ha perdido el miedo y se comienza a disputar con vigor la iniciativa al partido de gobierno.

En el MAS no lo saben todavía, pero perderán las próximas elecciones generales de diciembre. Lo único que podría evitar aquello es que, cuando se den cuenta, intenten desesperadamente alguna triquiñuela para evitar los comicios. En ese caso la caída será más estrepitosa, aunque seguramente más costosa y dolorosa para el sufrido pueblo boliviano.

Bolivia, a muy corto plazo, podría volver a verse inmersa en una severa crisis política debido a los afanes monopólicos del MAS y la vocación autoritaria de Evo Morales. Todo ello porque con la elección hace cuatro años del caudillo cocalero no solamente que no se ha resuelto la crisis de Estado que vive el país, sino que en realidad se la ha profundizado.