23 de junio de 2011

196 a 1

Lo de Cancún fue catastrófico, una memorable paliza de 193 a 1, cuando lo de la Cumbre sobre el Cambio Climático y nadie en Bolivia dijo nada, acostumbrados al victimismo, como están quienes gobiernan este singular país. Todos los estados del planeta Tierra en una dirección (intentando alcanzar un dificil acuerdo), salvo Bolivia que decidió ir en otra, ante la imposibilidad de bloquear una declaración mínima sobre el medio ambiente, como hizo Morales meses antes en Copenhaguen.

Esto sigue a un cúmulo de desaciertos de Cancillería, destinados a enlodar lo poco de Política Exterior de la pasada República, en el lodazal de improvisaciones con que se inauguraron las relaciones internacionales del Estado plurimultiple. El retroceso imperdonable en la política marítima con Chile, el paulatino alejamiento de la cooperación internacional de la cual casi ya no queda nada, la ofensa diplomática contra Argentina cuando la invitación oficial a Bolivia del terrorista iraní responsable de los atentados AMIA en Buenos Aires, la legalización de los autos robados que denuncia Brasil, la sensación de carrera armamentística instalada en Paraguay, la expulsión del embajador de los Estados Unidos, y un largo etcétera que se suma la una creciente lista de exiliados políticos que buscan refugio allende nuestras fronteras. Un cuadro lúgubre que dibuja el último indigenista que queda en el gobierno de Evo Morales Ayma.

Ahora es peor, ya que la decisión del gobierno de Evo, de denunciar (así sea coyunturalmente como explica Solón: "divorciarse para volverse a casar") y abandonar (Cesar Guedes explica como Bolivia dejará de ser parte de la Convención por lo menos un año) la Convención de las Naciones Unidas sobre el control de Estupefacientes, nos coloca en un record de 196 a 1.  Esta vez se trata de retirarse de un acuerdo mundial para el control de sustancias peligrosas y su tráfico: todos controlando y Bolivia apoyando el descontrol.

¿La razón? Que esta Convención no reconoce la práctica ancestral del acullico y la señala como un mal hábito, colocando a la sagrada hoja de coca como un vejetal portador de un peligroso estupefaciente llamado cocaína, cuyo consumo y adicción –dicen los imperialistas y neoliberales de occidente– hace daño a la salud de los seres humanos.

Si no fuera boliviano –como soy y a mucha honra– vería esta actitud como inexplicable y tendería a compararla con una imaginaria denuncia de alguna convención internacional que cualquier presidente africano pudiera hacer, en nombre de sus antiguas costumbres tribales, porque no reconoce la ablación como una práctica generalizable, o la condena como negativa. ¿Qué diría un ruso o un japonés ante tales circunstancias? Exáctamente lo mismo que ahora, frente a la coca chapareña y el acullicu aymara, en un mundo que no está ocupado en lo que hacemos o dejamos de hacer los bolivianos, y menos en pequeños detalles.

¿Usted cree que la Convención Única sobre Estupefacientes, aprobada el año 1961 en Viena y adoptada por 196 países en el mundo se refiere exclusivamente a la hoja de coca o a su producto principal, la cocaína? Pues no, la coca es uno más de los muchos productos clasificados en tres listas diferentes, que gracias a ese acuerdo, son controlados y no pueden transportarse libremente de un país a otro.

¿Usted cree que la Convención de 1961 penaliza o impide la práctica del acullico en algunas etnias en el mundo, allí donde se acostumbra a consumirla? Pues no, la convención aclara para este y otros casos, que en algunos lugares del mundo, donde el consumo de estos estupefacientes es común a la cultura local, se podrá permitir de manera controlada, aunque advierte sobre sus consecuencias en la salud humana.

¿Por qué, en nombre del acullico, el gobierno de Evo Morales abandona la supervisión y el control del flujo de cientos de sustancias dañinas, adictivas y peligrosas? ¿Se volverá Bolivia un paraíso para el flujo, el almacenamiento y la distribución de estupefacientes, a raíz de el abandono a este convenio que establece condiciones, limitaciones y penas a quienes trafican con drogas, lícitas e ilícitas?

Desde ya que la decisión parece apresurada (como que ya le ha costado el cargo al Embajador boliviano Solón). Más grave aún, ahonda la percepción de que Bolivia se convierte cada día más en un problema para sus vecinos y para el mundo, porque en Bolivia campea el narcotráfico, el contrabando, la delincuencia y crecen las relaciones con paises que promueven la violencia y el terrorismo.

Vamos de mal en peor.