7 de agosto de 2011

Experimentando la política 2.0

Casi se ha cerrado el círculo de la elección de autoridades judiciales (jueces y magistrados) el próximo 16 de octubre, que serán recordadas –por decir lo menos– como las más parrandeadas de la historia. Quedan dos meses para reír, proponer concursos en Red, dibujar pancartas, hacer chistes y componer canciones, sobre y alrededor una ciclópea papeleta numerada, que permitirá un voto consigna, sobre todo en las comunidades campesinas, que como en las peores épocas de las oligarquías anteriores a la revolución de 1952 en Bolivia, volverán a votar sin conocer por quienes, ni saber por qué ni para qué, según les indiquen sus líderes sindicales cooptados (si no pagados) por el MAS.

Nadie puede, solo el Tribunal Supremo Electoral hará campaña, dando a conocer las pocas virtudes de los resistidos candidatos seleccionados por el MAS, evitando que digan su palabra y hagan sus ofertas electorales, lo mismo que la ciudadanía y las instituciones civiles y políticas, acalladas también y obligadas a no pronunciarse. Incluso la promoción del rechazo y la protesta por semejantes condiciones, llamando a la abstención, al voto en blanco o nulo, están prohibidas. A más de ello, no habrá control en las mesas de votación y los jurados dispuestos por el Organo Electoral Plurinacional podrán acomodar los resultados a su gusto y necesidad. El propio Presidente del Estado plurimultiple ha rechazado a los observadores internacionales, para que nadie neutral evalúe el amañado proceso.


Por esos motivos hay que recurrir a sistemas de control innovadores y abiertos, que estén en manos de instituciones no estatales y se muestren críticos a los abusos que se pudieran cometer. Estoy proponiendo (ya se hizo en Bolivia) construir un sistema en red que, como en el programa keniata Ushahidi pueda aceptar, corroborar y publicar denuncias y testimonios, de manera georeferenciada, que muestre donde y quienes realizan e imponen actividades reñidas con las normas y con la honestidad electoral. No para incidir en los resultados, ya que "la autoridad" no va a permitir injerencia alguna, sino para mostrar y demostrar hasta donde llega la voluntad de tomar el sistema judicial y ponerlo al servicio de la estrategia de “poder total”, con otras intenciones que la reforma de la justicia.

El propio Presidente ha expresado públicamente su seguridad de inaugurar obras o encabezar actividades pasado este periodo gubernamental, sin cuidarse del qué dirán; y le va a meter nomás a la prórroga y reelección, que hasta ahora es ilegal, acomodando la ley a sus intereses y los del grupo que lo rodea, cuyo contenido e interés de clase, casi delincuencial, ha quedado a la vista. Y meterle nomás es controlar todos los sistemas políticos y aparatos estatales disponibles, que le permitan prorrogar su mandato en nombre de la revolución y el cambio.



Ushahidi es una de tantas maneras de que una sociedad como la boliviana (acorralada por núcleos arcaicos, pre-modernos y pre-democráticos), pueda reaccionar de manera abierta, democrática, participativa y dentro de la ley, para protagonizar la construcción de su propia historia, hasta ahora inconclusa. Experimentos de esa naturaleza se han logrado con relativo éxito en Bolivia; en buenas manos, pueden mostrar que hay una manera y una cultura subyacentes a nuestra propia historia, como nación boliviana (una nación política, no étnica como en el nazismo), de articular nuevas respuestas ciudadanas al abuso corporativista de grupos corrompidos por su propia incapacidad y falta de horizontes, hasta alcanzar el sueño de quienes fundaron una patria para todos: el bien común.


Así estamos. Así vamos. Esto no puede ni debe durar más allá del límite de nuestra degradación, hundiéndonos a todos en un agujero negro en pleno centro de América del Sur. La ciudadanía, los pueblos y las naciones tenemos la obligación de pelear por nuestros derechos y la libertad; más aún, naciones y pueblos que no lo hacen, tampoco lo merecen.