19 de septiembre de 2010

RAZAS

Parece que lo del “racismo(1)” en Bolivia es un verdadero tema para la teoría y la acción ciudadanas, por lo menos eso muestra la controversia que se ha armado sobre un asunto con el cual todos debiéramos estar de acuerdo: ¡Hay que luchar, sin contemplaciones, contra todo tipo de racismo, en cualquier parte del mundo, dentro y fuera de Bolivia! Es un compromiso inexcusable, que hace a la construcción de la Democracia y la ciudadanía en las sociedades que reconocen y practican la igualdad entre los seres humanos, que es un ideal de la cultura occidental en el mundo, desde la Grecia Clásica cuando la Atenas de Pericles, hasta nuestra Bolivia de hoy, enclavada tan lejos en el centro de la Amazonia y de los Andes(2).

A la sociedad boliviana le ha costado tiempo reconocer el racismo enraizado en nuestras culturas, fruto de años de discriminación, subordinación, exclusión, revanchismo y odios acumulados. Hace diez años (cuando nadie quería enfrentar el asunto) el AULA LIBRE a mi cargo, organizó un taller sobre este tema, cuyo tratamiento fue encargado al sociologo Huáscar Cajías de la Vega (†); el diagnóstico fue contundente, detrás de los mensajes regionalistas o del indigenismo, se oculta un sentimiento de no aceptación, rechazo y desprecio al otro, al diferente. En Bolivia esto es más complicado aún, porque raza y estrato social se corresponden (cuanto más indio, más pobre) en líneas generales, lo que lleva a integrar en un solo concepto explosivo la trilogía raza/pobreza/ignorancia.

Así se crean confusiones cotidianas, que a la fecha han sido exacerbadas. Busco trabajo, pero por algún motivo me tratan de manera distinta que a los demás, mostrando de antemano que se me considera en menor valía; ¿la razón por la que se me discrimina es porque soy indio o porque carezco de las capacidades suficientes para optar a ese trabajo? Es muy fácil que las razones sean distintas a ambas orillas de la discriminación, a un lado se crea que el postulante no sabe lo suficiente y al otro lado se asegure que no lo contratan por el color de piel, cuando seguramente hay de ambas cosas, como que realmente haya una déficit de formación, aunque suela suceder que eso se juzgue prejuiciosamente por presuponer que porque hablamos de diferentes maneras el idioma que nos comunica, los unos sabemos más que los otros, estamos mejor preparados o somos mejores en esencia, que es en lo que se suele terminar. ¡Eso es racismo! ¿Cómo se cura?

Una ley contra el racismo no es la solución al problema (más aún cuando se propone desde una estrategia racista(3) en sí misma), pero algo es algo. Más importante que una ley serían tres cosas, por lo menos tres: a) una política educativa de calidad para todos, que trate e incluya este tema prioritario a fondo, sin dobleces y sin demora; b) un política económica que elimine la pobreza extrema y que reduzca significativamente la pobreza, evitando relaciones de subordinación y dependencia, elevando así la autoestima de los más pobres; c) instituciones públicas y privadas que asuman hábitos de igualdad y respeto con todos los ciudadanos por igual. Pero aunque se dice fácil, cada uno de estos asuntos es muy complicado.

Imaginemos, por ejemplo, una educación antirracista, que no cuenta con profesionales idóneos. La mayoría de los profesores del sistema nacional de educación llevan consigo, muy dentro y sólidamente enclavado, los sentimientos atávicos del racismo a la boliviana, lleno de desprecio, resentimiento y complejos, que los inhabilita en estos temas, por descargar en ellos (y en sus alumnos) la furia del vendaval étnico desatado. O los partidos políticos, que postulan grandilocuentes propuestas antirracistas y se proclaman democráticos, pero instituyen filtros de exclusión interna que terminan germinando verdaderas oligarquías burocráticas, que en Bolivia han mostrado y muestran vínculos raciales inocultables. Y así, poniendo ejemplos podríamos pasarnos tiempo, explicando lo difícil que deviene esto.

Se complica aún más, si recordamos que la nueva Constitución ha dividido nuestra sociedad en dos tipos de ciudadanías, rompiendo con el principio de igualdad, sobre la base de la pertenencia a uno u otro grupos según nuestros orígenes, lo que genera una distorsión de enormes proporciones, separando al boliviano del boliviano, y otorgándoles fueros y privilegios distintos a unos frente a otros, por tazones de origen (¿qué puede ser más racista que esto?). Si realmente queremos luchar contra el racismo es lo primero que debiera cambiarse, o mínimo suavizar el golpe, permitiendo por lo menos que esa clasificación étnica (racial en el fondo) se haga por voluntaria adscripción, frente a la rudeza racista de la clasificación imperante según origen.

Al punto: una cosa es identificar las actitudes y las expresiones lingüísticas y gestuales que expresan el racismo en nuestras sociedades, pero otra cosa es el tipificar las acciones que constituyen un delito. Si alguien le dice a un chofer inmigrado a la ciudad, que no sea prepotente con los peatones al conducir, o que se bañe de vez en vez  porque su coche huele feo, ¿le está faltando al respeto?, o está esgrimiendo una queja en tanto usuario de un servicio (el transporte) pésimamente organizado. ¿Puede el impetrado sostener que esa queja se debe a una actitud racista y discriminatoria?

Quien se sienta afectado, puede estar expresando en su defensa, más bien un complejo de inferioridad muy acusado en nuestro medio (lo compartimos y no se salva nadie, incluido el que escribe: un campesino frente a un citadino, un indígena frente a un cholo, un mestizo frente a alguien mínimamente más blanco y con algo más de dinero, un oligarca o un burgués de la más rancia cuna –como si las hubiera– frente a un turista alemán, o peor aún frente a cualquier chileno), y confundir un reclamo con una agresión, no por sus falencias, sino por su condición física.

Haría entonces falta también una ley contra los complejos, que tipifique cuando las reacciones y acciones defensivas de los tantos acomplejados que somos, se convierten en una agresión delictiva. Así les ponemos coto.

Este escrito se expresa a propósito de esta manera, para poner en evidencia un problema subyacente al racismo: los complejos de inferioridad que hay que superar, para tener completo el paquete y no construir otra vez más una casa sin cimientos. Sabemos que una absurda ley contra los complejos sería algo inútil e inservible, casi tanto como una ley como la que quiere aprobar el MAS contra el racismo y la discriminación, acentuando las diferencias raciales en una equivocada concepción de discriminación positiva, en una sociedad que ellos mismos exacerban como pluri/múltiple, en vez de basar su lucha en una plataforma que valore y acreciente las similitudes, en tanto seres humanos y bolivianos iguales; que es como se lucha con éxito contra el racismo y sus expresiones, en los lugares del mundo que han decidido efectivamente avanzar en esto.

Pero como estamos contra el racismo y por algún lugar hay que comenzar, no debemos oponernos a una primera ley antirracismo, por principio. Ya la estaremos mejorando en el futuro.

NOTAS:

1 Racismo: conjunto de creencias que aseveran la superioridad natural de un grupo racial sobre otro tanto a nivel individual como institucional. El racismo se refiere a la creencia de que la biología más que la cultura es la primera determinante de las actitudes y las acciones. El racismo va más allá de la ideología, sin embargo, involucra prácticas discriminatorias que protejen y mantienen la posición de ciertos grupos y preservan la posición inferior de otros.

2 Expresado de esta manera pareciera rebuscado el tema de unir Atenas con La Paz, pero se hace así para reconocer y expresar en clave intercultural, la importancia del pensamiento y los saberes occidentales en la cultura, incluida la andina, que serían irreconocibles sin la sustancialidad de sus aportes.

3 Para entender mejor esa estrategia racista, léase el documento apócrifo, atribuido a Alvaro García Linera: http://bit.ly/du9Ojx