Hay, además, un riesgo que sería irresponsable dejar fuera de esta conversación, el de una corrupción gubernamental que encuentre espacio para crecer allí donde la urgencia debilite los controles y la confianza personal sustituya la responsabilidad institucional. No hace falta afirmar delitos que no se han probado para exigir transparencia en las contrataciones, capacidad en los nombramientos y fiscalización sobre quienes administran los recursos de todos. Si el gobierno tolerara pequeños privilegios por conveniencia, amistad o cálculo político, podría terminar alimentando las mismas prácticas cuyo rechazo hizo posible el cambio. Y entonces el desencanto ya no sería solamente económico, sería también político.
No debiera ser poca cosa recordarlo. Rodrigo Paz Pereira no emerge de un vacío doctrinario ni es apenas la prolongación pasiva de un apellido. Proviene, más bien, de una de las pocas elaboraciones estratégicas serias que intentaron leer a Bolivia desde su propia experiencia histórica y no desde catecismos prestados. El Entronque Histórico formulado por Jaime Paz Zamora para el MIR quiso hacer exactamente eso, reconocer que el cauce profundo del país no se hallaba en una izquierda abstracta, separada de la experiencia nacional, sino en la tradición nacional-popular abierta por la Guerra del Chaco, encarnada luego en la Revolución del 52 y continuada, más tarde, en la lucha por consolidar la democracia como sistema de convivencia pacífica entre distintos, alejándonos de la tentación armada que sedujo a buena parte del subcontinente en aquellos años. No hay que olvidar tampoco la impronta dejada por el MAS, con su relato y política de inclusión indígena, que privilegió e impulsó la integración de importantes sectores indígenas emergentes que no se resignarán frente a una potencial exclusión.
Justamente por eso, el momento actual parece exigir un paso más. El gobierno no necesita solo administrar mejor, necesita decir hacia dónde quiere conducir al país. Necesita otorgar sentido a sus decisiones, inscribir cada medida en una idea más amplia de nación y ofrecer un horizonte reconocible y compartido. Responder a la crisis económica e institucional es indispensable, por supuesto, pero responder no es lo mismo que orientar. Orientar supone explicar no solo qué se hace, sino para qué se hace, con quiénes se quiere hacerlo y en nombre de qué comunidad política se gobierna.
Y esa tarea, hay que decirlo, sigue pendiente. Cada ministro aparece cercado por los límites de su propia cartera, justificando medidas fragmentarias como si bastara con apagar incendios dispersos, pero sin que esas respuestas terminen de confluir en una visión inteligible del conjunto. De ahí la impresión de un gobierno más reactivo que conductor, más defensivo que orientador, en el que el Presidente acaba sobreexpuesto, intentando llenar por sí mismo el vacío de una narrativa pública que debería estar mejor distribuida en el conjunto del equipo gubernamental. Y, sin embargo, si algo enseña justamente la tradición política de la que proviene Rodrigo Paz, es que Bolivia no se gobierna sumando medidas, sino articulando sentidos. No basta administrar variables, hay que saber nombrar al país.
Esa sobreexposición podría convertirse, además, en aislamiento. Un Presidente que debe explicarlo todo y defenderlo todo corre el riesgo de empezar a confundir el desacuerdo con la deslealtad, la crítica con la conspiración y el consejo incómodo con una pretensión de tutelaje. Si Rodrigo Paz Pereira continua sin escuchar a quienes conocen la política boliviana, sus tiempos, sus actores y sus heridas, va a perder algo más que opiniones útiles, perderá la posibilidad de reconocer a tiempo aquello que su entorno inmediato de buenos amigos personales, pero sin experiencia política alguna, parece preferir callar. La experiencia no otorga infalibilidad, desde luego, pero tampoco debiera convertirse en un estorbo para quienes creen que cada gobierno inaugura la historia.
En ese punto merece atención la influencia que podrían adquirir asesores como Fernando Cerimedo, cuya vinculación con Paz y cuya trayectoria en las campañas de las derechas regionales ya han sido descritas públicamente desde hace mucho tiempo atrás. Las controversias que lo acompañan aconsejan prudencia; la pregunta es perfectamente legítima, qué ocurriría si la lógica de la campaña permanente terminara sustituyendo la deliberación del gobierno. Si un asesor llegara a decidir qué opiniones merecen llegar al Presidente y cuáles deben despacharse como ataques enemigos, su cercanía podría convertirse en un filtro peligroso. Ninguna destreza para disputar la conversación digital equivale, por sí misma, a comprender la complejidad social boliviana.
Cabría preguntarse si ese tipo de asesoramiento no podría estar alentando también una actitud de desdén hacia las generaciones políticas anteriores, como si desprenderse del pasado exigiera despreciar a quienes lo protagonizaron. Si, como se comenta, a Rodrigo Paz se le hubiera aconsejado no cargar con la historia del MIR, por sus orígenes en la izquierda en un momento de afirmación ideológica de las derechas, estaríamos ante una recomendación de una pobreza política considerable. Y si esa misma lógica pretendiera reducir a Jaime Paz Zamora al ámbito estrictamente familiar, alguien a quien sería preferible no nombrar, no escuchar y hasta no contestarle el teléfono cuando quisiera hablar del país, como se dice que pasa, el problema sería todavía más serio. No corresponde dar por ciertas conversaciones privadas que desconocemos, pero sí advertir sobre semejante criterio, porque una cosa es construir autonomía política respecto del pasado y otra, bastante distinta, renunciar a escuchar una experiencia histórica por temor a que incomode al asesor de turno. Nadie está obligado a heredar las posiciones ni los problemas de sus mayores; tampoco se debiera necesitar el olvido para demostrar que se tiene pensamiento propio.
Hay, además, un peligro que suele esconderse detrás del entusiasmo por los rostros nuevos, el de confundir renovación con improvisación. Las y los políticos que asumen seriamente su vocación se preparan durante años, estudian, siguen los problemas del país, debaten, discuten, aprenden a negociar y conocen las consecuencias de las decisiones públicas; esa trayectoria no garantiza aciertos, pero su ausencia tampoco constituye una virtud. Gobernar con amigos cuya preparación se desconoce y cuya incorporación nadie explica con claridad podría convertir al Estado en un espacio de aprendizaje cuyos errores pagaría la sociedad. La experiencia del gobierno de Jeanine Áñez debiera servir de advertencia sobre los riesgos de llegar al poder sin un proyecto suficientemente preparado y un equipo articulado para ejecutarlo. Es verdad que las vías de acceso fueron distintas; Áñez no obtuvo un mandato electoral presidencial y Rodrigo Paz ganó la primera vuelta, antes de imponerse en el balotaje. La comparación pertinente reside en el peligro de creer que alcanzar la Presidencia resuelve por sí mismo la necesidad de construir capacidad de gobierno, porque la amistad puede abrir la puerta de un despacho, pero no debiera bastar para poner en manos de alguien una responsabilidad pública.
El riesgo tiende a aparecer cada vez que las voces sin responsabilidad pública (me refiero al famoso asesor) verificable adquiere más peso que los ministros, los interlocutores sociales o los aliados que deben responder por sus decisiones. Una narrativa democrática requiere contacto con la realidad y disposición a corregirse; si se reduce a la fabricación de aplausos, podría ofrecer al Presidente una imagen tranquilizadora de un país que, fuera de esa imagen, comienza a alejarse del poder presidencial.
Y Bolivia, hoy, no se deja leer con un solo código. No es solamente una nación desgarrada entre élites y pueblo, entre oriente y occidente, entre indios y blancos. Es también una sociedad urbana, mestiza, compleja, cruzada por nuevas clases medias, por juventudes menos subordinadas a las viejas jerarquías, por mujeres que entran por si solas en el escenario público, por sectores indígenas y plebeyos que han ganado presencia económica y autoestima social, por emprendimientos populares y por un nuevo empresariado que forma ya parte del país real. Esa Bolivia emergente no puede quedar al margen de una narrativa democrática de futuro. Pero tampoco basta con invocarla desde una clave meramente identitaria o reivindicativa. La tarea es más exigente, construir ciudadanía compartida a partir de la diversidad, producir una síntesis democrática en la que la inclusión no desemboque en fragmentación y la diferencia no se convierta en coartada para nuevas desconfianzas recíprocas.
Lo ocurrido en el Cabildo de El Alto del 11 de abril debiera leerse desde esa perspectiva. Allí no se expresó únicamente una protesta por asuntos puntuales. Se cruzaron malestares económicos, institucionales, territoriales y simbólicos. Y cuando en Bolivia distintos agravios comienzan a reconocerse dentro de un mismo escenario, el problema deja de ser sectorial y empieza a delatar algo más profundo, una crisis de representación, de escucha y de confianza. Si algo similar volviera a ocurrir en el Cabildo convocado por la Central Obrera Boliviana para el 1º de mayo, podríamos encontrarnos ante un punto de condensación política mucho más delicado, el instante en que demandas dispersas empiezan a soldarse dentro de una misma narrativa y dejan de protestar únicamente contra medidas concretas para disputar legitimidad, iniciativa y horizonte.
El peligro no radica solamente en la magnitud de la convocatoria, sino en el tipo de bandera que podría emerger de allí. No sería una consigna cualquiera. Podría tratarse de la reactivación de esa vocación nacional-popular de resonancia tan honda en nuestra historia, capaz de reunir bajo un mismo techo simbólico al obrero, al campesino, al vecino agraviado, al consumidor castigado y al ciudadano decepcionado (la Alianza de Clases del MNR, el Bloque Social Revolucionario según el MIR, la Alianza de Unidad que decía el MAS). En ese registro, el reclamo por la falta de hidrocarburos y combustibles, la defensa del salario, de los subsidios o de la soberanía económica puede transformarse con rapidez en una interpelación general al poder y, de ahí, en una Agenda Política de futuro. Los bolivianos conocemos esa secuencia, primero se articula el malestar, luego se planta una bandera, y finalmente esa bandera empieza a reclamar para sí la representación moral del país. Lo más delicado es que ese proceso rara vez comienza con una ruptura espectacular; suele empezar, más bien, con algo más verosímil y también más boliviano, la lenta deslegitimación del centro político, la creciente capacidad de veto callejero y la aparición de una oposición social que deja de protestar solamente contra medidas para presentarse como portadora de una salida histórica.
Una democracia madura no debiera mirar estos hechos solo como amenaza ni solo como ruido. Debiera leerlos también como advertencia. Como señal de que hay sectores que no se sienten suficientemente incorporados al curso actual del proceso político. Cuando el centro democrático no logra producir un relato de país capaz de combinar estabilidad, inclusión, pluralismo y futuro, el descontento queda disponible para ser capturado por discursos de revancha, exclusión o confrontación permanente. Bolivia arrastra, además, una larga tradición de polarización rentable y de actores que prosperan alimentando resentimientos. Por eso los vacíos de conducción simbólica nunca permanecen vacíos por demasiado tiempo.
Ese alejamiento podría alcanzar también a los aliados políticos. Las convergencias que debieran permitir abrir una nueva etapa no se sostienen solas, necesitan conversación, reconocimiento y una participación real en la definición del rumbo. Si se convocara a los aliados únicamente para acompañar decisiones ya tomadas o asumir costos que no pudieron discutir previamente, sería razonable prever un distanciamiento gradual, primero la reserva, después el silencio y, finalmente, la búsqueda de una posición propia. No todos tendrían que pasarse a la oposición para debilitar al gobierno; bastaría con que dejaran de considerarlo una responsabilidad compartida.
En la Asamblea Legislativa ese desgaste podría traducirse en pérdida de respaldo parlamentario, dificultades para aprobar leyes y una negociación cada vez más precaria de las decisiones necesarias. El voto que elige a un Presidente no asegura por sí mismo la continuidad de los acuerdos legislativos. Si el Ejecutivo trata al Parlamento como una oficina de ratificación, podría descubrir demasiado tarde que los votos también se pierden por falta de interlocución. Y cuanto menor sea su capacidad de acordar, mayor podría ser la tentación de presentar cada límite institucional como un obstáculo ilegítimo, debilitando precisamente la democracia que necesita para gobernar.
Algo semejante podría ocurrir con las organizaciones y los sectores de la sociedad civil. El apoyo de vecinos, trabajadores, productores, empresarios o asociaciones ciudadanas no debiera confundirse con una disponibilidad inagotable para esperar. Si sus demandas encontraran puertas cerradas y sus advertencias fueran recibidas como molestias, algunos podrían retirarse sin marchas ni declaraciones estruendosas, simplemente dejando de defender al gobierno en la conversación cotidiana. Esa pérdida silenciosa de respaldo sería especialmente difícil de advertir desde un despacho donde todavía llegan invitaciones, saludos y fotografías.
La buena noticia es que nada de esto obliga todavía a una lectura fatalista. Si el problema principal consiste en ampliar, profundizar y humanizar la conducción política del proceso, entonces todavía existe margen para corregir, enriquecer y reencauzar. La estabilidad económica y la conducción simbólica no son tareas enemigas; son, por el contrario, complementarias. El orden sin relato se enfría; el relato sin resultados se vacía. Lo que Bolivia necesita es una síntesis más exigente, una política capaz de unir responsabilidad económica con integración nacional, eficiencia estatal con escucha social, pluralismo democrático con promesa de futuro.
Para ello habría que hablarle con mayor claridad a la Bolivia emergente, tender puentes más sólidos con sectores populares, indígenas, urbanos y regionales, y sustituir parte de la lógica reactiva por una lógica más deliberada de convocatoria nacional. Haría falta, sobre todo, instalar con decisión una narrativa de escucha, diálogo, reconciliación y convivencia democrática como política de Estado. Una narrativa que no niegue el conflicto, pero que tampoco se alimente de él; que no obligue a elegir entre crecimiento e inclusión, entre modernización y pertenencia, entre orden y dignidad; que convoque a empresarios, trabajadores, clases medias, juventudes, pueblos indígenas, emprendedores populares y regiones diversas dentro de una misma conversación democrática.
De lo contrario, podría ir formándose una soledad presidencial cada vez más difícil de revertir, con aliados que toman distancia, legisladores que dejan de acompañar y sectores sociales que ya no encuentran razones para sostener la confianza. No sería necesariamente la ausencia de gente alrededor del Presidente, sino la ausencia de vínculos políticos capaces de sostenerlo cuando lleguen decisiones impopulares o dificultades mayores. Y sería un error esperar a que esa soledad se vuelva visible para empezar a escuchar. Todavía es posible evitarla, si la crítica se recibe como una oportunidad de rectificación y la lealtad se mide también por el valor de decir lo que no resulta agradable.
La cuestión de fondo sigue siendo, al final, bastante simple y bastante decisiva, si Bolivia puede avanzar hacia una etapa de estabilidad y modernización reconstruyendo al mismo tiempo un mínimo horizonte compartido entre sus diversos sectores sociales y culturales. Mi impresión es que no. Sin esa narrativa integradora, lo mejor que podrá alcanzarse será una administración transitoria de la fractura. Por eso conviene decirlo ahora, el actual gobierno todavía está a tiempo de ampliar el sentido de su propia gestión, de pasar de una lógica predominantemente administrativa a una lógica más política, de hablarle al país no solo en nombre del orden, sino también en nombre de una comunidad nacional capaz de reconocerse en su diversidad. Ese paso no resolverá, desde luego, todos los problemas. Pero podría evitar que otros, con menos escrúpulos democráticos y mayor vocación de dividir, sigan ocupando el terreno que deja libre una narrativa insuficiente.